Sábado, 6:30 de la
mañana. Si, ahí estabas de nuevo. Corriendo sudoroso con la ropa empapada
frente a mi ventana. Como todos los días
desde que me había mudado a ese edificio, salía de nuevo a verte correr, tan
ajeno a mi observación como si no existiera.
Te veías tan bien. Tu rostro
sonrosado por el ejercicio, tu piel tan brillante por el sudor. Y ese bulto en tus pantalones, aaa cómo
reacciona mi cuerpo sólo de imaginarlo.
No sabía de donde venías, cual era tu nombre ni a que te dedicabas. Solo sabía que todas las madrugadas, cual
oración enviada al Creador, tenías el poder de tenerme parada frente a mi
ventana, no importando el frio y el calor, viéndote correr con el alba. Siempre con el mismo sudadero color gris, con
los mismos tenis y esos shorts que no dejaban nada a la imaginación. En mi mente, suponía que eras un gran atleta,
de esos que salen en la televisión. Pero
yo no tenía televisión, así que no podía saberlo con certeza. Después te imaginaba como un gran magnate
petrolero, como un corredor de bolsa o un banquero importante. Algo en tu porte me decía que eras alguien,
no sé qué.
Y por qué no me animaba a
hablarte? No lo sé. Tantos años de
encierro, tanta vida desperdiciada en anhelos incumplidos no me dejaba salir más
allá de los confines de mi pequeño jardín.
Todo el dolor y la desdicha cubrían mis ojos de sombras y mi cara de
recuerdos. Me conformaba con verte, con
abrazarte a lo lejos o imaginarme esas largas noches de pasión que, en mi
pensamiento, podrías regalarme si quisieras.
Muchas veces me enojaba contigo, porque no me veías, porque no reparabas
en que ahí, incondicionalmente, me tendrías parada observándote,
admirándote. Te odiaba tanto por
momentos por no notarme, y por otros comprendía que las largas y gruesas
cortinas de mis ventanales, jamás le permitirían a nadie verme siquiera.
En dos ocasiones te encontré
en la calle, esas cortas veces en que me anime a caminar a la esquina para
comprar el periódico. Y ahí estabas,
leyendo la sección de economía, tan absorto y perfecto en ese traje sastre
negro y camisa gris. Tus eternas gafas
graduadas, que hacían juego tan bien con tu pequeño rostro, parecían querer
comerse las hojas de ese periódico. Lo envidiaba
tanto, sentía odio y celos por esas hojas inertes que captaban tu atención más
que mi sencillo vestido de flores.
En este momento me doy
cuenta de que hace ya más de diez minutos que pasaste. Ya ni siquiera te perfilas en el
horizonte. No sé porque, pero nunca he
esperado que pases de regreso. Talvez
porque pienso que serás alguien distinto, talvez porque siento que esas largas
carreras matutinas no son más que excusas para ver, también de lejos, a la
persona que tu amas. Ese pensamiento es
suficiente para hacerme llorar. Llorar
de impotencia por no poder salir a buscarte, por haber desperdiciado dos
preciosas ocasiones en las cuales podría haber hablado contigo, al menos para
preguntar cualquier tontería.
Y en una ocasión, estuve a
punto de hacerlo. Te vi, rodeado de
revistas y personas, me acerqué pero no pude hablarte. En el momento en que tu vista miro hacia mí,
yo divague preguntando sobre cierta revista que no había visto en el
anaquel. Tú me viste, sonreíste y me
indicaste, amablemente que esa revista tenía más de diez años sin
publicarse. Que tonta me sentí. Yo lo sabía bien, pero en mi nerviosismo
pregunté lo primero que se me vino a la mente.
Mi cuerpo reaccionó ante tu voz acaramelada. Eternas sensaciones convertidas en
escalofríos recorrieron mi espalda e incluso ciertos fluidos comenzaron a
inundar mi ropa interior. Vaya, que
efecto tienes sobre los demás.
Como pude, asentí con la
cabeza, sonreí cual adolescente y eché a correr. Creí ver en tu rostro un dejo de perplejidad
y hasta cierto tinte de gracia al verme, incluso pude leer en tu pensamiento el
“vaya que chica más extraña” que todos parecían pensar cuando me veían. Que podría haber hecho? Una treintañera
solitaria, viviendo en una casa más grande de lo normal acompañada de un gato
que a veces llegaba a cenar. Qué vida más
patética la mía, pensándolo así.
Después de eso, ya no pude
ir por el periódico. Incluso salir a mi
jardín, ya descuidado ahora viéndolo bien, se me hacía un trabajo de fuerza
mayor. Aún recordaba ese momento, en que
alguien como tú, bien parecido y vestido con elegancia, arruinó mis sueños de
amor y mi esperanza de compartir la cama con alguien otra vez. Las lágrimas que salen ahora no son de
vergüenza ni de impotencia, son de frustración.
Frustración por todos esos años perdidos, por las oportunidades y por
los sueños.
Y el solo verte, de vez en
cuando, se había convertido en mi razón de vivir. Hasta el momento no había notado que la calle
se había quedado silencia, lo cual me hizo despertar de mi ensoñación. Al volver a ver a la ventana, note que todo
parecía más quieto de lo normal, los autos tan habituales a esa hora del día
brillaban por su ausencia. Solo había
alguien, parado a media calle mirando con expectación hacia mi ventana.
En ese instante caí en la
cuenta de que no habías seguido corriendo.
Que esa mañana te habías quedado parado frente a mi casa viendo
fijamente hacia mi ventana. Y me mirabas
a mí. Aunque parecería raro, sentía tus
ojos posados fijamente en los míos, después los vi bajar hacia mi escote y casi
desabotonar mi blusa. Solo de pensar en
eso, mis pezones se erectan sin mi permiso.
Todo mi cuerpo se estremece y quiero huir, pero no puedo moverme
siquiera. Parece que ante tus ojos, mi
cuerpo no reacciona, no obedece. Hubiera
querido correr a mi habitación, encerrarme en el baño y seguir mi día como si
nada hubiera pasado, pero no pude. Sólo
fui capaz de quedarme viendo, un tanto aterrada y más excitada que de costumbre,
hacia afuera. Tú seguías parado en la
calle, secándote el sudor con la manga del sudadero, limpiando tus gafas y
viéndome fijamente.
Lo próximo que noté, después
de ese barullo emocional, fue el sonido insistente del timbre de mi casa. No quería moverme de ahí, sentía que si lo hacía
nunca más volvería a ser capaz de sentir esa emoción que me recorría las
piernas hasta llegar a la mitad exacta de mi ser. Pero la insistencia, me sacó de mis ensueños
y me moví. Cuando llegue a la puerta, había
una sola persona, un niño para decirlo con exactitud. Un pequeño niño que yo no había visto antes
que sostenía una pequeña nota escrita talvez en la hoja arrancada de una agenda
de trabajo.
Con una letra clara y
masculina pude leer “hoy en la noche, espérame” y supe en ese preciso instante
que era escrita por ti. Me asuste por un
segundo, por todas esas palabrerías que se escuchan de pared a pared en un
edificio tan grande como ese, pero no me importó. No me importó haber escuchado que había
alguien que mataba jóvenes solitarias en sus departamentos, no me importó
pensar que talvez, en la noche, yo sería una de ellas. El solo hecho de imaginarte entre mis
piernas, desarreglando mi cama en esa noche de pasión que estaba segura ibas a
darme, valía la pena cualquier muerte por dolorosa que fuera.
Deseche mis pensamientos y
me dije “que tonta”, podría también ser una broma. Como podría estar segura de que la nota la habías
escrito tú, si ni siquiera sabía tu nombre? Me reí ante la ironía, tiré la nota
a la basura y me dispuse a seguir mi día.
Ese día, en particular paso más rápido de lo acostumbrado, talvez la
expectación o incluso el leve tinte de miedo que me invadía, había hecho que
las horas pasaran más pronto que de costumbre.
Cuando cayó el sol, y las sombras invadieron mi noche, mi cuerpo bullía
de expectación. Una parte de mí, esa
parte instintiva y bestial que anhelaba hincar mis dientes en tu piel y enredar
mis piernas en tu cintura, esperaba impaciente tu llegada. Y por momentos, parecía llevarle la delantera
a esa parte, aunque pequeña, que me decía que no debería ni siquiera abrir la
puerta. No sé si el pensar en ese
profundo placer que sentiría tan pronto, hizo que me durmiera, pero así
fue.
En alguna hora de la noche,
cuando el viento se siente más helado y todo está más silencioso, escuche un
ruido lejano y quedo, que incluso me pareció que lo había imaginado. Después de ello, pasos que se dirigían
directo a mi habitación, seguidos del característico sonido de un zipper que
baja y ropa que va cayendo en un piso de madera. Me incorporé en mi cama y esperé, esperé
mucho. El miedo y la prevención me
habían abandonado, solo pensaba en como tu cuerpo iba poco a poco desnudándose
hasta llegar a mi puerta. Mientras
cerraba mis ojos imaginando eso, escuche el sonido de la cerradura abriéndose y
dejando pasar un poco de viento frío que provenía del salón.
Con la respiración aun
expectante y con un leve tinte de temor, vi hacia arriba. Ahí estabas, parado frente a mí cama,
completamente desnudo, con esa piel brillante a la que había yo durante tanto
tiempo anhelado besar y acariciar. Ese
pequeño tatuaje de un símbolo desconocido a la altura de tu brazo me parecía
algo nuevo. Había algo en ti, que sentía
yo, ya había visto antes. Te acercaste y
antes de meterte en mi cama, susurraste en mi oído un leve “te encontré” que sonó
mas a súplica que a afirmación.
Mientras me hacías el amor, más
salvaje que me han hecho en mi vida, algo en mi mente se quebró y poco a poco empecé
a recordar. Recordé esos veranos en el
campo, en los que mis padres me enviaban lejos para pasar sus vacaciones
solos. Recordé a ese joven, alto, fuerte
y de ojos hermosos al que le entregue mi cuerpo por primera vez. Recordé esas tardes de pasión, en ese granero
olvidado en medio de un campo de labranza.
Recordé las veces que me escapé por la ventana de mi habitación, con la
sola idea de verte.
Recordé tus sueños de
triunfo, tus deseos de superación.
Incluso recordé la última vez que nos vimos y la promesa de buscarnos
cuando ya fuéramos adultos. Todo eso que
estaba guardado en lo más profundo de mi mente, parecía que con cada embestida
que tu cuerpo daba dentro del mío se resquebrajaba más. En ese momento olvidé a esa persona que me
hirió, olvidé los años de encierro, lo olvidé todo. Nada fuera de tu cuerpo y de esos gemidos que
salían de mi boca sin siquiera controlarlos yo, estaba presente en esa
habitación.
Desperté con una leve
sensación de dolor entre mis piernas, con el cuerpo entumecido por tanto
placer. No sé exactamente qué horas
serían, solo sé que el sol entraba a raudales por mi ventana abierta. En la cómoda a la par de mi cama, había una
nota pequeña. La desdoble y sonreí. Supe entonces que nuestra historia de amor
acababa de empezar de nuevo, y que en ahora sería para siempre.
Y así, me quedé de nuevo
esperando por ti hasta bien entrada la noche. Y lo que empezó hace años en un
granero lleno de polvo y telarañas, terminará aquí, en esta vieja y enorme
casa, en donde sólo las estrellas serán testigos del placer bestial que ambos
nos haremos sentir en nuestra entrega.
Ese día, las ventanas de mi habitación se quedaron abiertas, no sé, en
prevención de que talvez pudieras perder las llaves…