domingo, 6 de abril de 2014

El corredor de mis recuerdos...



Sábado, 6:30 de la mañana.  Si, ahí estabas de nuevo.  Corriendo sudoroso con la ropa empapada frente a mi ventana.  Como todos los días desde que me había mudado a ese edificio, salía de nuevo a verte correr, tan ajeno a mi observación como si no existiera.  Te veías tan bien.  Tu rostro sonrosado por el ejercicio, tu piel tan brillante por el sudor.  Y ese bulto en tus pantalones, aaa cómo reacciona mi cuerpo sólo de imaginarlo.  No sabía de donde venías, cual era tu nombre ni a que te dedicabas.  Solo sabía que todas las madrugadas, cual oración enviada al Creador, tenías el poder de tenerme parada frente a mi ventana, no importando el frio y el calor, viéndote correr con el alba.  Siempre con el mismo sudadero color gris, con los mismos tenis y esos shorts que no dejaban nada a la imaginación.  En mi mente, suponía que eras un gran atleta, de esos que salen en la televisión.  Pero yo no tenía televisión, así que no podía saberlo con certeza.  Después te imaginaba como un gran magnate petrolero, como un corredor de bolsa o un banquero importante.  Algo en tu porte me decía que eras alguien, no sé qué. 
Y por qué no me animaba a hablarte? No lo sé.  Tantos años de encierro, tanta vida desperdiciada en anhelos incumplidos no me dejaba salir más allá de los confines de mi pequeño jardín.  Todo el dolor y la desdicha cubrían mis ojos de sombras y mi cara de recuerdos.  Me conformaba con verte, con abrazarte a lo lejos o imaginarme esas largas noches de pasión que, en mi pensamiento, podrías regalarme si quisieras.  Muchas veces me enojaba contigo, porque no me veías, porque no reparabas en que ahí, incondicionalmente, me tendrías parada observándote, admirándote.  Te odiaba tanto por momentos por no notarme, y por otros comprendía que las largas y gruesas cortinas de mis ventanales, jamás le permitirían a nadie verme siquiera.
En dos ocasiones te encontré en la calle, esas cortas veces en que me anime a caminar a la esquina para comprar el periódico.  Y ahí estabas, leyendo la sección de economía, tan absorto y perfecto en ese traje sastre negro y camisa gris.  Tus eternas gafas graduadas, que hacían juego tan bien con tu pequeño rostro, parecían querer comerse las hojas de ese periódico.  Lo envidiaba tanto, sentía odio y celos por esas hojas inertes que captaban tu atención más que mi sencillo vestido de flores. 
En este momento me doy cuenta de que hace ya más de diez minutos que pasaste.  Ya ni siquiera te perfilas en el horizonte.  No sé porque, pero nunca he esperado que pases de regreso.   Talvez porque pienso que serás alguien distinto, talvez porque siento que esas largas carreras matutinas no son más que excusas para ver, también de lejos, a la persona que tu amas.  Ese pensamiento es suficiente para hacerme llorar.  Llorar de impotencia por no poder salir a buscarte, por haber desperdiciado dos preciosas ocasiones en las cuales podría haber hablado contigo, al menos para preguntar cualquier tontería.
Y en una ocasión, estuve a punto de hacerlo.  Te vi, rodeado de revistas y personas, me acerqué pero no pude hablarte.  En el momento en que tu vista miro hacia mí, yo divague preguntando sobre cierta revista que no había visto en el anaquel.  Tú me viste, sonreíste y me indicaste, amablemente que esa revista tenía más de diez años sin publicarse.  Que tonta me sentí.  Yo lo sabía bien, pero en mi nerviosismo pregunté lo primero que se me vino a la mente.  Mi cuerpo reaccionó ante tu voz acaramelada.  Eternas sensaciones convertidas en escalofríos recorrieron mi espalda e incluso ciertos fluidos comenzaron a inundar mi ropa interior.  Vaya, que efecto tienes sobre los demás.
Como pude, asentí con la cabeza, sonreí cual adolescente y eché a correr.  Creí ver en tu rostro un dejo de perplejidad y hasta cierto tinte de gracia al verme, incluso pude leer en tu pensamiento el “vaya que chica más extraña” que todos parecían pensar cuando me veían.  Que podría haber hecho? Una treintañera solitaria, viviendo en una casa más grande de lo normal acompañada de un gato que a veces llegaba a cenar.  Qué vida más patética la mía, pensándolo así.
Después de eso, ya no pude ir por el periódico.  Incluso salir a mi jardín, ya descuidado ahora viéndolo bien, se me hacía un trabajo de fuerza mayor.  Aún recordaba ese momento, en que alguien como tú, bien parecido y vestido con elegancia, arruinó mis sueños de amor y mi esperanza de compartir la cama con alguien otra vez.  Las lágrimas que salen ahora no son de vergüenza ni de impotencia, son de frustración.  Frustración por todos esos años perdidos, por las oportunidades y por los sueños.
Y el solo verte, de vez en cuando, se había convertido en mi razón de vivir.  Hasta el momento no había notado que la calle se había quedado silencia, lo cual me hizo despertar de mi ensoñación.  Al volver a ver a la ventana, note que todo parecía más quieto de lo normal, los autos tan habituales a esa hora del día brillaban por su ausencia.  Solo había alguien, parado a media calle mirando con expectación hacia mi ventana.
En ese instante caí en la cuenta de que no habías seguido corriendo.  Que esa mañana te habías quedado parado frente a mi casa viendo fijamente hacia mi ventana.  Y me mirabas a mí.  Aunque parecería raro, sentía tus ojos posados fijamente en los míos, después los vi bajar hacia mi escote y casi desabotonar mi blusa.  Solo de pensar en eso, mis pezones se erectan sin mi permiso.  Todo mi cuerpo se estremece y quiero huir, pero no puedo moverme siquiera.  Parece que ante tus ojos, mi cuerpo no reacciona, no obedece.  Hubiera querido correr a mi habitación, encerrarme en el baño y seguir mi día como si nada hubiera pasado, pero no pude.  Sólo fui capaz de quedarme viendo, un tanto aterrada y más excitada que de costumbre, hacia afuera.  Tú seguías parado en la calle, secándote el sudor con la manga del sudadero, limpiando tus gafas y viéndome fijamente.
Lo próximo que noté, después de ese barullo emocional, fue el sonido insistente del timbre de mi casa.  No quería moverme de ahí, sentía que si lo hacía nunca más volvería a ser capaz de sentir esa emoción que me recorría las piernas hasta llegar a la mitad exacta de mi ser.  Pero la insistencia, me sacó de mis ensueños y me moví.  Cuando llegue a la puerta, había una sola persona, un niño para decirlo con exactitud.  Un pequeño niño que yo no había visto antes que sostenía una pequeña nota escrita talvez en la hoja arrancada de una agenda de trabajo.
Con una letra clara y masculina pude leer “hoy en la noche, espérame” y supe en ese preciso instante que era escrita por ti.  Me asuste por un segundo, por todas esas palabrerías que se escuchan de pared a pared en un edificio tan grande como ese, pero no me importó.  No me importó haber escuchado que había alguien que mataba jóvenes solitarias en sus departamentos, no me importó pensar que talvez, en la noche, yo sería una de ellas.  El solo hecho de imaginarte entre mis piernas, desarreglando mi cama en esa noche de pasión que estaba segura ibas a darme, valía la pena cualquier muerte por dolorosa que fuera.
Deseche mis pensamientos y me dije “que tonta”, podría también ser una broma.  Como podría estar segura de que la nota la habías escrito tú, si ni siquiera sabía tu nombre? Me reí ante la ironía, tiré la nota a la basura y me dispuse a seguir mi día.  Ese día, en particular paso más rápido de lo acostumbrado, talvez la expectación o incluso el leve tinte de miedo que me invadía, había hecho que las horas pasaran más pronto que de costumbre.  Cuando cayó el sol, y las sombras invadieron mi noche, mi cuerpo bullía de expectación.  Una parte de mí, esa parte instintiva y bestial que anhelaba hincar mis dientes en tu piel y enredar mis piernas en tu cintura, esperaba impaciente tu llegada.  Y por momentos, parecía llevarle la delantera a esa parte, aunque pequeña, que me decía que no debería ni siquiera abrir la puerta.  No sé si el pensar en ese profundo placer que sentiría tan pronto, hizo que me durmiera, pero así fue. 
En alguna hora de la noche, cuando el viento se siente más helado y todo está más silencioso, escuche un ruido lejano y quedo, que incluso me pareció que lo había imaginado.  Después de ello, pasos que se dirigían directo a mi habitación, seguidos del característico sonido de un zipper que baja y ropa que va cayendo en un piso de madera.  Me incorporé en mi cama y esperé, esperé mucho.  El miedo y la prevención me habían abandonado, solo pensaba en como tu cuerpo iba poco a poco desnudándose hasta llegar a mi puerta.  Mientras cerraba mis ojos imaginando eso, escuche el sonido de la cerradura abriéndose y dejando pasar un poco de viento frío que provenía del salón.
Con la respiración aun expectante y con un leve tinte de temor, vi hacia arriba.  Ahí estabas, parado frente a mí cama, completamente desnudo, con esa piel brillante a la que había yo durante tanto tiempo anhelado besar y acariciar.  Ese pequeño tatuaje de un símbolo desconocido a la altura de tu brazo me parecía algo nuevo.  Había algo en ti, que sentía yo, ya había visto antes.  Te acercaste y antes de meterte en mi cama, susurraste en mi oído un leve “te encontré” que sonó mas a súplica que a afirmación. 
Mientras me hacías el amor, más salvaje que me han hecho en mi vida, algo en mi mente se quebró y poco a poco empecé a recordar.  Recordé esos veranos en el campo, en los que mis padres me enviaban lejos para pasar sus vacaciones solos.  Recordé a ese joven, alto, fuerte y de ojos hermosos al que le entregue mi cuerpo por primera vez.  Recordé esas tardes de pasión, en ese granero olvidado en medio de un campo de labranza.  Recordé las veces que me escapé por la ventana de mi habitación, con la sola idea de verte. 
Recordé tus sueños de triunfo, tus deseos de superación.  Incluso recordé la última vez que nos vimos y la promesa de buscarnos cuando ya fuéramos adultos.  Todo eso que estaba guardado en lo más profundo de mi mente, parecía que con cada embestida que tu cuerpo daba dentro del mío se resquebrajaba más.  En ese momento olvidé a esa persona que me hirió, olvidé los años de encierro, lo olvidé todo.  Nada fuera de tu cuerpo y de esos gemidos que salían de mi boca sin siquiera controlarlos yo, estaba presente en esa habitación.
Desperté con una leve sensación de dolor entre mis piernas, con el cuerpo entumecido por tanto placer.  No sé exactamente qué horas serían, solo sé que el sol entraba a raudales por mi ventana abierta.  En la cómoda a la par de mi cama, había una nota pequeña.  La desdoble y sonreí.   Supe entonces que nuestra historia de amor acababa de empezar de nuevo, y que en ahora sería para siempre. 
Y así, me quedé de nuevo esperando por ti hasta bien entrada la noche. Y lo que empezó hace años en un granero lleno de polvo y telarañas, terminará aquí, en esta vieja y enorme casa, en donde sólo las estrellas serán testigos del placer bestial que ambos nos haremos sentir en nuestra entrega.  Ese día, las ventanas de mi habitación se quedaron abiertas, no sé, en prevención de que talvez pudieras perder las llaves…

viernes, 14 de marzo de 2014

Diario del final de los días parte 2/final



Por un momento no le creí, pero al ver su presencia tan imponente y su voz suave que se parecía al sonido del río, pensé que talvez tenía razón.  Me observó durante un rato, y sin decirme nada se levantó de la roca y me dijo que regresara al día siguiente a la misma hora.  Cuando le dije que no sabía como había llegado hasta ahí, solo volteo a verme en la distancia y me dijo: ya lo sabrás.  Cuando quise levantarme y caminar tras ella, súbitamente sentí que mi cabeza golpeó con algo duro y frio, y cuando abrí los ojos vi que estaba en mi cuarto y me había caído de la cama, todo había sido un sueño. Me senté en la cama y automáticamente mi mirada viajó hasta la ventana, en el viejo árbol que había enfrente de la misma, estaba parada una enorme lechuza blanca que me observaba con solemnidad.  
Durante un tiempo, no volví a pensar en esa situación.  Seguía creciendo y el tiempo seguía pasando, cuando vine a darme cuenta tenía 16 años.  Tenía algunos amigos y un novio, parecía que mi vida, aunque difícilmente, estaba tomando el rumbo correcto.  Hasta que de pronto, mis pasos me llevaron nuevamente al bosque. Quise buscar ese lugar que había visto hacía tantos años en mi sueño y de forma inconsciente hasta ahí me encaminé.  Cuando llegué al lugar recuerdo que me sentí tranquila y pensé que no había imaginado todo, que talvez había escuchado  hablar de ese lugar y que por eso había soñado con el, ahí estaba la misma roca, como esperándome.  Llegué, me senté, y esperé.  Que esperaba que sucediera, no lo se realmente, solo se que esperaba que pasara algo.  Cuando comenzó a oscurecerse y los sonidos habituales de los bosques comenzaron a hacerse aterradores, inicié mi marcha de regreso, un poco decepcionada porque no había pasado nada.  Espere años de nuevo para regresar y no se porque decidí hacerlo el día que cumplí 19 años.  Llegué al mismo lugar, me senté en la misma piedra y cuando vi hacía atrás, vi que en la roca había algo que a simple vista no distinguía que era, pero pensé que yo lo había olvidado ahí.  Cuando regresé por eso, me di cuenta de que no era cualquier cosa.  Era un pequeño quetzal tallado en un trozo de madera sin pintar que parecía hecho por un niño en alguna clase de industriales de esas del pasado.  Dudé por un momento en tomarlo, pero por inercia, lo metí en mi mochila y dije un gracias apagado hacia el bosque.  Nadie nunca me contestó.
Cuando cumplí 20 años, mi tía falleció.  Habíamos vivido solas hasta el momento, y cuando ella falleció no fue para mí una gran noticia.  A pesar de que tenía 12 años viviendo ahí desde que llegué, nunca había logrado encariñarme con ella, era demasiado distante y fría para tomarle cariño alguno.  La adolescencia como ya escribí mas arriba, no fue de mis mejores épocas, creo que ahora que lo pienso no puedo decir que ninguna de mis épocas haya sido especialmente buena, y ella nunca se esforzó por hacerla mejor.  Seguía sin mis cenas de navidad, sin mis pasteles de cumpleaños y sin todas esas cosas que yo tanto anhelaba tener.  En la víspera de mi cumpleaños, recuerdo que mis pasos de nuevo me llevaron a ese claro en el bosque.  Había ido ya varias veces antes y sabía como llegar, pero nunca mas había vuelto a ver a la anciana del vestido verde, y después de esa pequeña estatua de madera, no había encontrado nada más. 
Pregunté a todas las personas en el lugar si sabían algo de esa roca, pero todos me veían como si estuviera loca y además fuera estúpida por ir a ese lugar yo sola.  Lo único que me decían era que ese lugar era peligroso, que había personas que iban ahí y jamás volvían a aparecer, espantos, aparecidos, desaparecidos, ruidos extraños y todas esas cosas a las que les temen algunas personas. Ese día específico, ese día en el que mi destino se escribió de una vez y para siempre, sigue estando tan presente en mi memoria como si hubiera sido ayer.  Muy temprano en la mañana, apagué mi teléfono y camine hacia ahí, como movida por un motor extraño que me llevaba hacia allá. 
Cuando me iba acercando al lugar, pude ver a lo lejos a la misma anciana esperándome.  No se porque la emoción me llenó y corrí hacia ella, habían pasado 6 años desde la única y última vez que la había visto.  Sentí que todo tenía sentido, que la vida que yo quería por fin iba a ocurrir.  Ella sólo me vio llegar, me sonrió y me dio un extraño pergamino doblado, el cual sin que ella me lo dijera supe que tenía que leerlo cuando estuviera sola de regreso a casa.  Cuando volví la vista ella ya no estaba, de pronto todo se nubló y di un salto en mi cama.  Pensé que había soñado todo de nuevo, cuando me di cuenta que sostenía algo, abrí difícilmente los dedos de mi mano y vi el pergamino doblado.  Me asusté por un segundo, pero después lo abrí y decía 19 de enero, dentro de 10 años. 
Para ese momento estudiaba en la universidad.  Los catedráticos luchaban contra mi silencio, y visité muchas veces la oficina de los psicólogos que todos me recomendaban. Mis compañeras batallaban largamente contra mi misma, deseaban sinceramente ayudarme pero yo estaba totalmente cerrada a dejar que alguien entrara a mi pequeño espacio.  Tuve parejas en ese tiempo, pero vivía en mí esa sensación de que en 10 años todo acabaría así que nunca me permití ver hacia el futuro, pensar realmente que iba a estar ahí cuando eso ocurriera.  No me atrevía a contarle nada a nadie, no confiaba en que me creyeran.  Había en la plaza, una mujer bastante vieja, que cuando me vio, me hizo una seña para que me acercara.  Cuando llegue donde estaba ella, me dijo que tenía dos opciones, que la “vieja madre” me había escogido para tomar su lugar, pero que tenía dos opciones, que debía elegir bien.
De nuevo me sentía estancada, de nuevo sentía que no encajaba, cuando por fin pensé que todo eso había quedado atrás, aparecía de nuevo mostrándome que solo se había dormido por un rato.  No entendía nada.  Nada tenía sentido para mí, qué debía elegir, si tenía que irme, si de verdad quería ser escogida para lo que fuera.
Muy a pesar de mis esfuerzos, cuando lo vi, un día en la plaza, me enamoré perdidamente de él.  No era muy alto, ni muy blanco, ni muy guapo.  Pero era todo lo que yo necesitaba.  Se me acercó y me preguntó por una dirección, le dije como llegar, me sonrió y se fue.  Volví a verlo varias veces después de eso, parecía que de pronto encontrármelo en todos lados era mi tarea.  Lo conocí meses después, cuando un amigo en común nos presentó, y ahí comenzó todo.  No me di cuenta en que momento pasaron los días, los meses, los años incluso.  Tenía 27 años cuando comencé a preocuparme.  Cada día estaba mas enamorada de él, cada día sentía que quería pasar mi vida entera, o lo que quedaba de ella, con él.  Pero al mismo tiempo sabía que si los vaticinios de la vieja mujer se hacían realidad, en unos cuantos años tendría que irme, o decidir, no se entre que opciones.
El pánico me amenazaba todos los días, evadía sus intentos por casarse conmigo, por que tuviéramos hijos, porque compráramos cierta casa, en fin, le hacía saber que lo nuestro debería ser disfrutado mientras durara.  Ante eso, él sólo me veía escéptico, creo que en algún momento pensó que solo estaba jugando con él.  Lo raro es que nunca me abandonó a pesar de todo.  Una noche, clara y estrellada como cosa bastante rara, tome una determinación.  No quería ocupar el lugar de nadie, no quería ser la elegida de nada, solo quería ser mujer, esposa, madre talvez.  Al día siguiente, fui a la biblioteca y comencé a investigar sobre los inicios del lugar, sus bosques, su flora, sus historias.  Encontré sólo una breve historia sobre la famosa “vieja madre” de la que me habían hablado años atrás, en donde decía que cada 30 años, el espíritu del bosque elegía a una mujer con ciertas características para que fuera la dadora de vida de las especies y de las flores. No decía como se hacia la elección ni hablaba de las mujeres, porque parecía ser que nadie antes había conocido a una mujer elegida. 
Talvez eran mujeres desconocidas, sin familia, solas en el mundo, como yo.  Pero yo no estaba sola, yo tenía a Alberto y quería conservarlo de esa misma forma.  Seguí pasando las páginas de ese viejo libro que como dato curioso no tenía nombre, y vi en una fotografía la pequeña figura del quetzal tallado.  No tenía pie de foto, solo estaba la pequeña estatuilla fotografiada en blanco y negro en toda la hoja.  Regrese a casa decepcionada por lo poco que había logrado investigar, y decidí dormir un rato. Me acosté, pero no pude ni siquiera cerrar los ojos.  Recordé en que parte había guardado la estatuilla y hacia ahí me dirigí.  Ahí estaba, como el primer día que la había visto.  Comencé a observarla detenidamente y pude ver que en el lado donde estaban talladas las plumas, tenía un pequeño botón casi imperceptible, lo oprimí y una pequeña parte de la estatua quedó en mis manos. 
Vi que en el pequeño compartimento había algo metido, enrollado cuidadosamente.  Cuando lo saqué, observé que era igual que el pergamino que me habían dado años atrás, y cuando lo desdoble pude ver que decía hemos sido muchas, y hemos sido olvidadas, pero tú como las demás tienes la opción..   
No puedo explicarte, el miedo que me embargó cuando terminé de leer esa pequeña frase.  Ahí estaba la respuesta a todo lo que había buscado, pero no lo comprendía. Esa noche me acosté temprano, rechacé las salidas que quería programar y me dormí.  Tuve un sueño bastante extraño, en donde me veía a mi misma corriendo por el bosque con un vestido verde, feliz viendo los arboles crecer en un segundo ante mis ojos.  Vi rostros de mujeres que envejecían, vi también dolor y miedo.  Cuando desperté, me sentía aun más confusa que antes. 
Cuando Alberto llegó, muy temprano, a decirme que iba a irse del país sin mí, supe que todo había terminado. No pude escuchar ni la mitad de las explicaciones y las razones que me dio, escuche muchas veces las palabras “desinteresada”, “fría”, “ya no puede ser”, “ya no puedo esperar”, y me quedé en silencio.  Al final él solo dio un resoplido molesto por mi actitud, se levantó y lo último que dijo antes de atravesar la puerta y dejarme para siempre fue “si hubieras tan solo derramado una lagrima por mi partida, talvez hubiera pensado en llevarte conmigo”.  Diciendo eso se marchó, y no volví a verlo en mucho tiempo.  
Llevo la decepción en las venas. Mi vida como la quería conocer iba a terminar y yo no había hecho nada de lo que había propuesto hacer.  No tenía una familia, no había tenido mi tan deseada cena de navidad, mi tan hermoso pastel de cumpleaños.  Me odiaba y la vida simplemente dejo de tener sentido para mi. 
Creo que lo anterior es un resumen bastante detallado, de lo que ha sido mi vida hasta ahora.  Fue la recopilación de algunas ideas escritas en diarios que tardaba años en llenar y de pensamientos que siempre rondaron en mi mente.  No puedo describir con palabras el dolor y la desmotivación que siento, simplemente no encuentro ni palabras ni imágenes para explicar lo que siento ahora.  Es como que estuviera en piloto automático, viviendo fuera de mí.  Se que tengo que hacerme a la idea de que en algún momento tengo que continuar, de que obligatoriamente mientras esté viva tengo que encontrarle sentido a lo que hago. No dejo nada atrás mío, mi paso por el mundo fue casi nulo, fui invisible todo el tiempo e hice lo posible porque nadie me viera.  Varias veces intente acabar con mi vida, no quería quedarme para siempre viviendo en el bosque en soledad, pero esas veces siempre algo lo impedía, una rama rompiendo una de mis ventanas, las frutas saliéndose de pronto de su lugar y rodando por la casa, en fin siempre había algo que me impedía terminar mis planes. 
Hace un año, Alberto regresó.  Lo vi de nuevo justamente en el mismo lugar donde lo conocí, estaba sentada en la misma banca.  Se acercó, me miró, me preguntó de nuevo por una dirección y se fue.  Hasta el momento no había observado que mis facciones estaban cambiando.  Lo que por un momento pensé que había sido algo a propósito y cruel por parte de él, había sido causado por que no me había reconocido. Cuando me vi en el reflejo de una tienda vi que todo había empezado.  Mi pelo antes tan negro se estaba encaneciendo, mi cara aun veinteañera, había pasado a tornarse madura con rasgos de bondad y severidad.  Parecía una mujer de 40 años, por eso Alberto jamás me habría reconocido.  Caminé lentamente hacia mi casa, y comencé a pensar que debía hacer antes de aceptar lo inevitable.
No dejada nada atrás, no había nadie de quien despedirme, incluso mis cosas parecían deteriorarse con cada soplo del viento.  Todo lo que yo significaba estaba acabando, se estaba desvaneciendo, yo misma ya no podía reconocerme. 
Decidí que debía dejar mi historia, que debía escribir todo lo que me había ocurrido, porque no quería ser olvidada.  No quería ser como esas otras que habían sido olvidadas y que no habían dejado ningún recuerdo tras ellas.  Talvez no dejaría familia que me trascendiera ni el recuerdo de algún amor, pero si dejaría una historia, una historia que iría agregada al libro desconocido que había encontrado y que explicaría lo que había ocurrido, para que las demás evitaran llegar hasta la roca y marcar sus vidas.  Comencé entonces a luchar con mi memoria, ya que había muchas cosas que parecía haber olvidado, cosas que solamente leyendo diarios y cuadernos viejos pude recordar.  Pensé que eso también era parte del proceso de volverme una con el bosque. Pasé mucho tiempo escribiendo, borrando, resumiendo, botando bolas de papel, pensando.  Ahora que se ha acercado el momento, creo que todo está terminado, compré este hermoso cofre especialmente para guardar esta historia, que espero alguien la encuentre. 
El día ha llegado, el día de mi cumpleaños numero 30 llegó por fin con una mañana algo nublada y con lluvia.  Típico, pensé, como mi estado de ánimo.   Me levante, me vestí con la ropa mas abrigada que tenía y caminé hacia el bosque.  Tenía mucho tiempo de no ir, así que por unos instantes me perdí un poco, pero por fin encontré el sendero hacia el claro de la roca.  Cuando llegué, no había nada, todo estaba tan tranquilo y sereno, ni siquiera se escuchaban los pájaros ni el sonido del río que siempre llegaba hasta allí.  Parecía que todo estaba suspendido en el espacio, como a la espera de algo que inevitablemente ocurriría.  Me senté en la roca, y puse a mi lado el cofre.  De algún lugar del bosque surgió una luz y una voz tan serena y calmada me dijo: “hija mía, has decidido y has decidido bien, ve entonces y hazte una con el bosque”. 
No se bien que ocurrió después, pero un ventarrón me levantó de donde estaba y me dio muchas vueltas por todo el bosque, topaba con todo, con los arboles, con los animales, con la tierra, me vi en el fondo del río, volando por el cielo, dando vueltas alrededor de flores que se veían enormes y alrededor de arboles enteros que se veían pequeñísimos.  Una luz cegadora no me dejaba ver hacia donde volaba, y una calidez me hacia pensar que por fin había muerto y ya no era humana, era ahora un espíritu del bosque destinado a reinar en el por otros 30 años hasta que encontrara a mi sucesora.  Al pensar en eso de pronto me entró pánico, pensé en quien sería esa otra mujer que se vería obligada en su momento a tomar mi lugar, a ser olvidada, a dejar sus sueños y sus anhelos para dar vida al bosque.  Pensé en mi casa, en Alberto, en mis sueños rotos y pensé que había desperdiciado mi vida entera.
En ese momento todo se detuvo. Quedé suspendida en el aire rodeada de oscuridad. No sentía nada, no escuchaba nada, no había nada a mí alrededor.  La ansiedad me embargó, pero después de un momento volví a sentirme dueña de mi cuerpo.  Comencé lentamente a sentir de nuevo, a sentir mis piernas, mis brazos, mi ropa, todo.  Abrí los ojos, no me había dado cuenta de que los tenía cerrados, y vi una sabana blanca cubriéndome.  Con mucho temor la aparte y vi un cuarto y una ventana que tenía mucho tiempo sin ver.  A mi lado mi madre sentada mirándome fijamente con cara de preocupación, en la mesita de noche un libro que en su portada decía “Historias de los bosques y los días”.
Al otro día, vi la llegada de ese hombre mayor al pueblo por segunda vez en mi vida, o al menos así me pareció a mí.  Fui hasta su cuarto y lo maté, no podía arriesgarme a pasar por mi muerte una segunda vez.

Diario del final de los días parte 1



La historia tal vez nunca ha formado parte fundamental en mi vida.  Es decir para mí, siempre fue una clase mas en el colegio, un momento del día destinado a memorizar y estudiar sobre cosas supuestamente sorprendentes que habían hecho personas comunes y corrientes muchos años atrás.  Obviamente nunca me interesó, porque en ninguna de esas supuestas cosas importantes había participado yo.  Cierto, este es un relato como cualquier otro, es total una historia de vida como lo puede ser cualquier otra en este basto mundo.  Y en el momento en que decidí comenzar a escribir mi historia, simplemente me pareció que para facilidad de la persona que la lea, comience diciendo que la historia nunca me gustó.  Incluso cuando comencé con esto, ni siquiera sabia que curso iba a tomar.  Solo sentía un fuerte sentimiento de escribir, de plasmar en letras todo lo que había ocurrido en mi mente durante los últimos 30 años.
Comenzare diciendo que mi nacimiento fue como cualquier otro.  Mis padres se vieron un día entre las luces de una discoteca bastante concurrida y pensaron que lo mejor que podrían hacer por el mundo era darle una persona mas, no fue amor a primera vista ni remotamente.  Iniciaron su noviazgo y después de algún tiempo, pues me fabricaron.  Pienso que tal vez tomaron una muy mala decisión al casarse solo por eso, tal vez todo hubiera salido mejor si no lo hubieran hecho nunca.  Pero bueno, lo hicieron, se casaron y han pasado los últimos años tratando de no estrangularse mutuamente.  Vi la luz un 19 de enero, para mi orgullo puesto que uno de mis autores favoritos cumple años justamente en esa misma fecha, claro con unos 100 años de diferencia a mi nacimiento. 
He de decir, que el pueblo que me vio dar mi primer aliento no tiene casi nada especial. Una plaza en el centro, un mercado donde casi nunca encuentras nada, una iglesia pequeña, pintada normalmente de amarillo donde el buen Dios nos observa desde la cúpula mas alta, en fin, todo lo esperado de un pueblo que está tan alejado, que el transporte escasea y puedes morirte viendo a las mismas personas caminar por las mismas calles.  Vine a caer a una familia sólo de palabra, ya que mis padres nunca se han llevado bien.  Desde muy pequeña me di cuenta de que ellos simplemente parecían haber nacido para odiarse, ya que los problemas no tardaron en llegar.  Haciendo una pausa debo decir, que no se porque te cuento esto.  No se incluso al final de mis días quien lo va a leer, quien va a encontrarlo lleno de polvo y amarillento en este cofre que esta a mi lado y que está destinado a llevar mis ultimas letras hasta que alguien las descubra.  El tiempo que me queda no es mucho, porque después de escribir estas breves líneas, mi vida llegará a su fin.  No! No estoy enferma ni es el fin del mundo ni tengo una maldición ancestral que termina mi vida a los 30 años, que justamente en un par de horas serán exactos.   
Son vagos los recuerdos, lo único que puedo recordar es que nunca tuve una cena de navidad, ni un pastel de cumpleaños, una felicitación por buenas notas, en fin todas esas cosas tan triviales para algunos pero tan especiales para otros.  Desde siempre supe que estaba destinada a no ser una persona normal, es decir soy normal en casi todos los sentidos físicos pero me refiero a mi cerebro.  No es que tuviera un funcionamiento diferente a los demás, pero lo que me sorprendió siempre fueron mis ideas, mis emociones.  En ese momento en el que a nadie le paso por la mente explicarme porque esas cosas no me pasaban, porque de pronto mis padres parecían odiarse más que de costumbre, intuí que había algo que no estaba bien.  Es decir, no es que mi mundo fuera perfecto, pero había algo en el ambiente, algo que flotaba y era tan denso que podría haberlo incluso tocado.  Y no se, en ese momento posiblemente el adulto que llevaba dormido en mi interior y que no tenía que despertar aún sino muchos años después, despertó.  Pase de ser una niña interesada en jugar y ver caricaturas, a ser un adulto pequeño luchando por sobrevivir.  Fue difícil, e incluso muchas veces a esa tierna edad me pregunte porque me pasaban a mí esas cosas, respuesta que nunca obtuve.  Tiempo después las cosas supuestamente se arreglaron o al menos así parecían, pero había algo en mí que jamás iba a ser igual.
Mi vida continúo normal hasta ese trágico día.  El día amaneció como cualquier otro con su sol bien puesto en el cielo, pero no sabía que iba a teñirse de rojo antes de llegar el medio día.  Un extraño llegó al pueblo, lo cual era además de algo raro una oportunidad para considerar a alguien una celebridad. Supe desde el momento en que lo vi, que todo cambiaría para mí, pero no sabía que tanto.  En mi mente infantil lo veía como un vaquero o un príncipe que me salvaría de la vida que llevaba ahí, que me llevaría lejos con mi verdadera familia que me esperaba con amor en un lugar lejano y hermoso.  Pero estaba muy equivocada. 
En el pueblo existía la costumbre de que cuando había visitantes se hospedaban en la casa más cercana a la plaza para darles una buena impresión y todas esas cosas que jamás entendí.  Mis padres compraron esa casa años atrás, pero nunca habían hospedado a nadie, hasta ahora.  El hombre, mayor como de 60 años, paso a mi lado casi sin reparar en mi presencia, camino al cuarto que le habían designado para dormir.  No volví a verlo hasta que la policía local, lo llevaba esposado y golpeado hasta casi dejarlo muerto a la calle, y sacaban a mis padres sin vida envueltos en sabanas ensangrentadas.  No llore, no dije nada y ni siquiera reaccione cuando los vecinos y otras personas que nunca había visto me hacían preguntas que no podía contestar mientras me veían con extrañeza por tener 8 años, y ser una niña que a pesar de haber quedado huérfana no había derramado ni una sola lagrima. 
Ahora para los demás venía el dilema, ¿a dónde enviarme? Nadie conocía a las familias de mis padres, según todos mi madre llego sola unos años antes de conocer a mi padre, y mi padre vivía con una mujer mayor que todos pensaban que era su madre, hasta que ella misma murió, y en el entierro su apellido indicaba que no tenía ningún parentesco con mi padre.  Para todos la vida de mis padres fue un misterio hasta que murieron y después de eso, ya que nunca se supo quien los había matado con certeza.  El hombre en cuestión, murió mientras esperaba que lo juzgaran, al parecer se quitó la vida por la culpa. 
Ahora que recuerdo esa frase, pienso que es una forma bastante romántica de decir las cosas, no es así? Al decir que alguien se quitó la vida por la culpa sólo estas diciendo que fue lo suficientemente cobarde como para aceptar lo que había hecho y explicar por qué.  Días después me enviaron lejos, con las pocas cosas que poseía hasta ese momento y una foto bastante borrosa de mis padres como su único recuerdo.  Nunca supe cómo, pero una tía muy lejana y bastante mayor, pariente de mi madre, envió por mí.  Cuando llegue al lugar, me enamoré automáticamente de él.  A pesar de ser tan joven, jamás había fantaseado con nada, pero al ver esa cabaña en medio de un frondoso bosque de pinos, imaginé luchas entre dragones y caballeros con armaduras brillantes, princesas corriendo despavoridas de brujas vengativas y seres que solo en mi imaginación existían.
La nueva vida en la escuela primaria fue, por mucho, un infierno.  Nunca fui como las demás, no encontraba de que hablar con mis amigas en ese tiempo, simplemente no encontraba un punto en común con nadie.  Sentía que estaba sola en este mundo, que simplemente yo era un cubo en una piscina de pelotas.  Me esforcé mucho, es decir cambie muchos de mis hábitos normales, fingía interesarme por las revistas, por las reuniones, no se, hice casi de todo para acoplarme, pero nunca lo logré.  Cuando fue tiempo de cambiar a los básicos, creo que el caos esperaba impaciente.  Un día, en el que había discutido con mi tía, corrí hacia ese bosque que años atrás me había parecido tan hermoso y en el que por supersticiones de la gente nunca me había acercado.  Caminé y caminé por senderos desconocidos llenos de helechos y arboles musgosos, y no me di cuenta en que momento, llegue a un claro.  En medio de ese claro había una roca enorme, hacia donde caminé y me senté.
En ese momento creo que caí en la cuenta de que estaba muy lejos de casa, y en el momento en que decidí pararme y caminar de regreso, como aparecido de la bruma, aprecié que había alguien sentado a mi lado.  Al principio me asusté porque no vi cuando y en que momento llegó, pero al ver su rostro una enorme paz me invadió.  Era una mujer, bastante mayor, su cabello era blanco y largo hasta la cintura, vestía un extraño vestido color verde con un cinturón dorado y en su mano tenía una manzana roja como la sangre.  Recuerdo que cuando la vi, el primer pensamiento que cruzó por mi mente, fue que talvez así debía verse la abuela de todos los quetzales del mundo.  Sonreí por mi pensamiento y ella como si hubiera leído mi mente me dijo que solamente era la abuela de todo el bosque.