viernes, 14 de marzo de 2014

Diario del final de los días parte 2/final



Por un momento no le creí, pero al ver su presencia tan imponente y su voz suave que se parecía al sonido del río, pensé que talvez tenía razón.  Me observó durante un rato, y sin decirme nada se levantó de la roca y me dijo que regresara al día siguiente a la misma hora.  Cuando le dije que no sabía como había llegado hasta ahí, solo volteo a verme en la distancia y me dijo: ya lo sabrás.  Cuando quise levantarme y caminar tras ella, súbitamente sentí que mi cabeza golpeó con algo duro y frio, y cuando abrí los ojos vi que estaba en mi cuarto y me había caído de la cama, todo había sido un sueño. Me senté en la cama y automáticamente mi mirada viajó hasta la ventana, en el viejo árbol que había enfrente de la misma, estaba parada una enorme lechuza blanca que me observaba con solemnidad.  
Durante un tiempo, no volví a pensar en esa situación.  Seguía creciendo y el tiempo seguía pasando, cuando vine a darme cuenta tenía 16 años.  Tenía algunos amigos y un novio, parecía que mi vida, aunque difícilmente, estaba tomando el rumbo correcto.  Hasta que de pronto, mis pasos me llevaron nuevamente al bosque. Quise buscar ese lugar que había visto hacía tantos años en mi sueño y de forma inconsciente hasta ahí me encaminé.  Cuando llegué al lugar recuerdo que me sentí tranquila y pensé que no había imaginado todo, que talvez había escuchado  hablar de ese lugar y que por eso había soñado con el, ahí estaba la misma roca, como esperándome.  Llegué, me senté, y esperé.  Que esperaba que sucediera, no lo se realmente, solo se que esperaba que pasara algo.  Cuando comenzó a oscurecerse y los sonidos habituales de los bosques comenzaron a hacerse aterradores, inicié mi marcha de regreso, un poco decepcionada porque no había pasado nada.  Espere años de nuevo para regresar y no se porque decidí hacerlo el día que cumplí 19 años.  Llegué al mismo lugar, me senté en la misma piedra y cuando vi hacía atrás, vi que en la roca había algo que a simple vista no distinguía que era, pero pensé que yo lo había olvidado ahí.  Cuando regresé por eso, me di cuenta de que no era cualquier cosa.  Era un pequeño quetzal tallado en un trozo de madera sin pintar que parecía hecho por un niño en alguna clase de industriales de esas del pasado.  Dudé por un momento en tomarlo, pero por inercia, lo metí en mi mochila y dije un gracias apagado hacia el bosque.  Nadie nunca me contestó.
Cuando cumplí 20 años, mi tía falleció.  Habíamos vivido solas hasta el momento, y cuando ella falleció no fue para mí una gran noticia.  A pesar de que tenía 12 años viviendo ahí desde que llegué, nunca había logrado encariñarme con ella, era demasiado distante y fría para tomarle cariño alguno.  La adolescencia como ya escribí mas arriba, no fue de mis mejores épocas, creo que ahora que lo pienso no puedo decir que ninguna de mis épocas haya sido especialmente buena, y ella nunca se esforzó por hacerla mejor.  Seguía sin mis cenas de navidad, sin mis pasteles de cumpleaños y sin todas esas cosas que yo tanto anhelaba tener.  En la víspera de mi cumpleaños, recuerdo que mis pasos de nuevo me llevaron a ese claro en el bosque.  Había ido ya varias veces antes y sabía como llegar, pero nunca mas había vuelto a ver a la anciana del vestido verde, y después de esa pequeña estatua de madera, no había encontrado nada más. 
Pregunté a todas las personas en el lugar si sabían algo de esa roca, pero todos me veían como si estuviera loca y además fuera estúpida por ir a ese lugar yo sola.  Lo único que me decían era que ese lugar era peligroso, que había personas que iban ahí y jamás volvían a aparecer, espantos, aparecidos, desaparecidos, ruidos extraños y todas esas cosas a las que les temen algunas personas. Ese día específico, ese día en el que mi destino se escribió de una vez y para siempre, sigue estando tan presente en mi memoria como si hubiera sido ayer.  Muy temprano en la mañana, apagué mi teléfono y camine hacia ahí, como movida por un motor extraño que me llevaba hacia allá. 
Cuando me iba acercando al lugar, pude ver a lo lejos a la misma anciana esperándome.  No se porque la emoción me llenó y corrí hacia ella, habían pasado 6 años desde la única y última vez que la había visto.  Sentí que todo tenía sentido, que la vida que yo quería por fin iba a ocurrir.  Ella sólo me vio llegar, me sonrió y me dio un extraño pergamino doblado, el cual sin que ella me lo dijera supe que tenía que leerlo cuando estuviera sola de regreso a casa.  Cuando volví la vista ella ya no estaba, de pronto todo se nubló y di un salto en mi cama.  Pensé que había soñado todo de nuevo, cuando me di cuenta que sostenía algo, abrí difícilmente los dedos de mi mano y vi el pergamino doblado.  Me asusté por un segundo, pero después lo abrí y decía 19 de enero, dentro de 10 años. 
Para ese momento estudiaba en la universidad.  Los catedráticos luchaban contra mi silencio, y visité muchas veces la oficina de los psicólogos que todos me recomendaban. Mis compañeras batallaban largamente contra mi misma, deseaban sinceramente ayudarme pero yo estaba totalmente cerrada a dejar que alguien entrara a mi pequeño espacio.  Tuve parejas en ese tiempo, pero vivía en mí esa sensación de que en 10 años todo acabaría así que nunca me permití ver hacia el futuro, pensar realmente que iba a estar ahí cuando eso ocurriera.  No me atrevía a contarle nada a nadie, no confiaba en que me creyeran.  Había en la plaza, una mujer bastante vieja, que cuando me vio, me hizo una seña para que me acercara.  Cuando llegue donde estaba ella, me dijo que tenía dos opciones, que la “vieja madre” me había escogido para tomar su lugar, pero que tenía dos opciones, que debía elegir bien.
De nuevo me sentía estancada, de nuevo sentía que no encajaba, cuando por fin pensé que todo eso había quedado atrás, aparecía de nuevo mostrándome que solo se había dormido por un rato.  No entendía nada.  Nada tenía sentido para mí, qué debía elegir, si tenía que irme, si de verdad quería ser escogida para lo que fuera.
Muy a pesar de mis esfuerzos, cuando lo vi, un día en la plaza, me enamoré perdidamente de él.  No era muy alto, ni muy blanco, ni muy guapo.  Pero era todo lo que yo necesitaba.  Se me acercó y me preguntó por una dirección, le dije como llegar, me sonrió y se fue.  Volví a verlo varias veces después de eso, parecía que de pronto encontrármelo en todos lados era mi tarea.  Lo conocí meses después, cuando un amigo en común nos presentó, y ahí comenzó todo.  No me di cuenta en que momento pasaron los días, los meses, los años incluso.  Tenía 27 años cuando comencé a preocuparme.  Cada día estaba mas enamorada de él, cada día sentía que quería pasar mi vida entera, o lo que quedaba de ella, con él.  Pero al mismo tiempo sabía que si los vaticinios de la vieja mujer se hacían realidad, en unos cuantos años tendría que irme, o decidir, no se entre que opciones.
El pánico me amenazaba todos los días, evadía sus intentos por casarse conmigo, por que tuviéramos hijos, porque compráramos cierta casa, en fin, le hacía saber que lo nuestro debería ser disfrutado mientras durara.  Ante eso, él sólo me veía escéptico, creo que en algún momento pensó que solo estaba jugando con él.  Lo raro es que nunca me abandonó a pesar de todo.  Una noche, clara y estrellada como cosa bastante rara, tome una determinación.  No quería ocupar el lugar de nadie, no quería ser la elegida de nada, solo quería ser mujer, esposa, madre talvez.  Al día siguiente, fui a la biblioteca y comencé a investigar sobre los inicios del lugar, sus bosques, su flora, sus historias.  Encontré sólo una breve historia sobre la famosa “vieja madre” de la que me habían hablado años atrás, en donde decía que cada 30 años, el espíritu del bosque elegía a una mujer con ciertas características para que fuera la dadora de vida de las especies y de las flores. No decía como se hacia la elección ni hablaba de las mujeres, porque parecía ser que nadie antes había conocido a una mujer elegida. 
Talvez eran mujeres desconocidas, sin familia, solas en el mundo, como yo.  Pero yo no estaba sola, yo tenía a Alberto y quería conservarlo de esa misma forma.  Seguí pasando las páginas de ese viejo libro que como dato curioso no tenía nombre, y vi en una fotografía la pequeña figura del quetzal tallado.  No tenía pie de foto, solo estaba la pequeña estatuilla fotografiada en blanco y negro en toda la hoja.  Regrese a casa decepcionada por lo poco que había logrado investigar, y decidí dormir un rato. Me acosté, pero no pude ni siquiera cerrar los ojos.  Recordé en que parte había guardado la estatuilla y hacia ahí me dirigí.  Ahí estaba, como el primer día que la había visto.  Comencé a observarla detenidamente y pude ver que en el lado donde estaban talladas las plumas, tenía un pequeño botón casi imperceptible, lo oprimí y una pequeña parte de la estatua quedó en mis manos. 
Vi que en el pequeño compartimento había algo metido, enrollado cuidadosamente.  Cuando lo saqué, observé que era igual que el pergamino que me habían dado años atrás, y cuando lo desdoble pude ver que decía hemos sido muchas, y hemos sido olvidadas, pero tú como las demás tienes la opción..   
No puedo explicarte, el miedo que me embargó cuando terminé de leer esa pequeña frase.  Ahí estaba la respuesta a todo lo que había buscado, pero no lo comprendía. Esa noche me acosté temprano, rechacé las salidas que quería programar y me dormí.  Tuve un sueño bastante extraño, en donde me veía a mi misma corriendo por el bosque con un vestido verde, feliz viendo los arboles crecer en un segundo ante mis ojos.  Vi rostros de mujeres que envejecían, vi también dolor y miedo.  Cuando desperté, me sentía aun más confusa que antes. 
Cuando Alberto llegó, muy temprano, a decirme que iba a irse del país sin mí, supe que todo había terminado. No pude escuchar ni la mitad de las explicaciones y las razones que me dio, escuche muchas veces las palabras “desinteresada”, “fría”, “ya no puede ser”, “ya no puedo esperar”, y me quedé en silencio.  Al final él solo dio un resoplido molesto por mi actitud, se levantó y lo último que dijo antes de atravesar la puerta y dejarme para siempre fue “si hubieras tan solo derramado una lagrima por mi partida, talvez hubiera pensado en llevarte conmigo”.  Diciendo eso se marchó, y no volví a verlo en mucho tiempo.  
Llevo la decepción en las venas. Mi vida como la quería conocer iba a terminar y yo no había hecho nada de lo que había propuesto hacer.  No tenía una familia, no había tenido mi tan deseada cena de navidad, mi tan hermoso pastel de cumpleaños.  Me odiaba y la vida simplemente dejo de tener sentido para mi. 
Creo que lo anterior es un resumen bastante detallado, de lo que ha sido mi vida hasta ahora.  Fue la recopilación de algunas ideas escritas en diarios que tardaba años en llenar y de pensamientos que siempre rondaron en mi mente.  No puedo describir con palabras el dolor y la desmotivación que siento, simplemente no encuentro ni palabras ni imágenes para explicar lo que siento ahora.  Es como que estuviera en piloto automático, viviendo fuera de mí.  Se que tengo que hacerme a la idea de que en algún momento tengo que continuar, de que obligatoriamente mientras esté viva tengo que encontrarle sentido a lo que hago. No dejo nada atrás mío, mi paso por el mundo fue casi nulo, fui invisible todo el tiempo e hice lo posible porque nadie me viera.  Varias veces intente acabar con mi vida, no quería quedarme para siempre viviendo en el bosque en soledad, pero esas veces siempre algo lo impedía, una rama rompiendo una de mis ventanas, las frutas saliéndose de pronto de su lugar y rodando por la casa, en fin siempre había algo que me impedía terminar mis planes. 
Hace un año, Alberto regresó.  Lo vi de nuevo justamente en el mismo lugar donde lo conocí, estaba sentada en la misma banca.  Se acercó, me miró, me preguntó de nuevo por una dirección y se fue.  Hasta el momento no había observado que mis facciones estaban cambiando.  Lo que por un momento pensé que había sido algo a propósito y cruel por parte de él, había sido causado por que no me había reconocido. Cuando me vi en el reflejo de una tienda vi que todo había empezado.  Mi pelo antes tan negro se estaba encaneciendo, mi cara aun veinteañera, había pasado a tornarse madura con rasgos de bondad y severidad.  Parecía una mujer de 40 años, por eso Alberto jamás me habría reconocido.  Caminé lentamente hacia mi casa, y comencé a pensar que debía hacer antes de aceptar lo inevitable.
No dejada nada atrás, no había nadie de quien despedirme, incluso mis cosas parecían deteriorarse con cada soplo del viento.  Todo lo que yo significaba estaba acabando, se estaba desvaneciendo, yo misma ya no podía reconocerme. 
Decidí que debía dejar mi historia, que debía escribir todo lo que me había ocurrido, porque no quería ser olvidada.  No quería ser como esas otras que habían sido olvidadas y que no habían dejado ningún recuerdo tras ellas.  Talvez no dejaría familia que me trascendiera ni el recuerdo de algún amor, pero si dejaría una historia, una historia que iría agregada al libro desconocido que había encontrado y que explicaría lo que había ocurrido, para que las demás evitaran llegar hasta la roca y marcar sus vidas.  Comencé entonces a luchar con mi memoria, ya que había muchas cosas que parecía haber olvidado, cosas que solamente leyendo diarios y cuadernos viejos pude recordar.  Pensé que eso también era parte del proceso de volverme una con el bosque. Pasé mucho tiempo escribiendo, borrando, resumiendo, botando bolas de papel, pensando.  Ahora que se ha acercado el momento, creo que todo está terminado, compré este hermoso cofre especialmente para guardar esta historia, que espero alguien la encuentre. 
El día ha llegado, el día de mi cumpleaños numero 30 llegó por fin con una mañana algo nublada y con lluvia.  Típico, pensé, como mi estado de ánimo.   Me levante, me vestí con la ropa mas abrigada que tenía y caminé hacia el bosque.  Tenía mucho tiempo de no ir, así que por unos instantes me perdí un poco, pero por fin encontré el sendero hacia el claro de la roca.  Cuando llegué, no había nada, todo estaba tan tranquilo y sereno, ni siquiera se escuchaban los pájaros ni el sonido del río que siempre llegaba hasta allí.  Parecía que todo estaba suspendido en el espacio, como a la espera de algo que inevitablemente ocurriría.  Me senté en la roca, y puse a mi lado el cofre.  De algún lugar del bosque surgió una luz y una voz tan serena y calmada me dijo: “hija mía, has decidido y has decidido bien, ve entonces y hazte una con el bosque”. 
No se bien que ocurrió después, pero un ventarrón me levantó de donde estaba y me dio muchas vueltas por todo el bosque, topaba con todo, con los arboles, con los animales, con la tierra, me vi en el fondo del río, volando por el cielo, dando vueltas alrededor de flores que se veían enormes y alrededor de arboles enteros que se veían pequeñísimos.  Una luz cegadora no me dejaba ver hacia donde volaba, y una calidez me hacia pensar que por fin había muerto y ya no era humana, era ahora un espíritu del bosque destinado a reinar en el por otros 30 años hasta que encontrara a mi sucesora.  Al pensar en eso de pronto me entró pánico, pensé en quien sería esa otra mujer que se vería obligada en su momento a tomar mi lugar, a ser olvidada, a dejar sus sueños y sus anhelos para dar vida al bosque.  Pensé en mi casa, en Alberto, en mis sueños rotos y pensé que había desperdiciado mi vida entera.
En ese momento todo se detuvo. Quedé suspendida en el aire rodeada de oscuridad. No sentía nada, no escuchaba nada, no había nada a mí alrededor.  La ansiedad me embargó, pero después de un momento volví a sentirme dueña de mi cuerpo.  Comencé lentamente a sentir de nuevo, a sentir mis piernas, mis brazos, mi ropa, todo.  Abrí los ojos, no me había dado cuenta de que los tenía cerrados, y vi una sabana blanca cubriéndome.  Con mucho temor la aparte y vi un cuarto y una ventana que tenía mucho tiempo sin ver.  A mi lado mi madre sentada mirándome fijamente con cara de preocupación, en la mesita de noche un libro que en su portada decía “Historias de los bosques y los días”.
Al otro día, vi la llegada de ese hombre mayor al pueblo por segunda vez en mi vida, o al menos así me pareció a mí.  Fui hasta su cuarto y lo maté, no podía arriesgarme a pasar por mi muerte una segunda vez.

Diario del final de los días parte 1



La historia tal vez nunca ha formado parte fundamental en mi vida.  Es decir para mí, siempre fue una clase mas en el colegio, un momento del día destinado a memorizar y estudiar sobre cosas supuestamente sorprendentes que habían hecho personas comunes y corrientes muchos años atrás.  Obviamente nunca me interesó, porque en ninguna de esas supuestas cosas importantes había participado yo.  Cierto, este es un relato como cualquier otro, es total una historia de vida como lo puede ser cualquier otra en este basto mundo.  Y en el momento en que decidí comenzar a escribir mi historia, simplemente me pareció que para facilidad de la persona que la lea, comience diciendo que la historia nunca me gustó.  Incluso cuando comencé con esto, ni siquiera sabia que curso iba a tomar.  Solo sentía un fuerte sentimiento de escribir, de plasmar en letras todo lo que había ocurrido en mi mente durante los últimos 30 años.
Comenzare diciendo que mi nacimiento fue como cualquier otro.  Mis padres se vieron un día entre las luces de una discoteca bastante concurrida y pensaron que lo mejor que podrían hacer por el mundo era darle una persona mas, no fue amor a primera vista ni remotamente.  Iniciaron su noviazgo y después de algún tiempo, pues me fabricaron.  Pienso que tal vez tomaron una muy mala decisión al casarse solo por eso, tal vez todo hubiera salido mejor si no lo hubieran hecho nunca.  Pero bueno, lo hicieron, se casaron y han pasado los últimos años tratando de no estrangularse mutuamente.  Vi la luz un 19 de enero, para mi orgullo puesto que uno de mis autores favoritos cumple años justamente en esa misma fecha, claro con unos 100 años de diferencia a mi nacimiento. 
He de decir, que el pueblo que me vio dar mi primer aliento no tiene casi nada especial. Una plaza en el centro, un mercado donde casi nunca encuentras nada, una iglesia pequeña, pintada normalmente de amarillo donde el buen Dios nos observa desde la cúpula mas alta, en fin, todo lo esperado de un pueblo que está tan alejado, que el transporte escasea y puedes morirte viendo a las mismas personas caminar por las mismas calles.  Vine a caer a una familia sólo de palabra, ya que mis padres nunca se han llevado bien.  Desde muy pequeña me di cuenta de que ellos simplemente parecían haber nacido para odiarse, ya que los problemas no tardaron en llegar.  Haciendo una pausa debo decir, que no se porque te cuento esto.  No se incluso al final de mis días quien lo va a leer, quien va a encontrarlo lleno de polvo y amarillento en este cofre que esta a mi lado y que está destinado a llevar mis ultimas letras hasta que alguien las descubra.  El tiempo que me queda no es mucho, porque después de escribir estas breves líneas, mi vida llegará a su fin.  No! No estoy enferma ni es el fin del mundo ni tengo una maldición ancestral que termina mi vida a los 30 años, que justamente en un par de horas serán exactos.   
Son vagos los recuerdos, lo único que puedo recordar es que nunca tuve una cena de navidad, ni un pastel de cumpleaños, una felicitación por buenas notas, en fin todas esas cosas tan triviales para algunos pero tan especiales para otros.  Desde siempre supe que estaba destinada a no ser una persona normal, es decir soy normal en casi todos los sentidos físicos pero me refiero a mi cerebro.  No es que tuviera un funcionamiento diferente a los demás, pero lo que me sorprendió siempre fueron mis ideas, mis emociones.  En ese momento en el que a nadie le paso por la mente explicarme porque esas cosas no me pasaban, porque de pronto mis padres parecían odiarse más que de costumbre, intuí que había algo que no estaba bien.  Es decir, no es que mi mundo fuera perfecto, pero había algo en el ambiente, algo que flotaba y era tan denso que podría haberlo incluso tocado.  Y no se, en ese momento posiblemente el adulto que llevaba dormido en mi interior y que no tenía que despertar aún sino muchos años después, despertó.  Pase de ser una niña interesada en jugar y ver caricaturas, a ser un adulto pequeño luchando por sobrevivir.  Fue difícil, e incluso muchas veces a esa tierna edad me pregunte porque me pasaban a mí esas cosas, respuesta que nunca obtuve.  Tiempo después las cosas supuestamente se arreglaron o al menos así parecían, pero había algo en mí que jamás iba a ser igual.
Mi vida continúo normal hasta ese trágico día.  El día amaneció como cualquier otro con su sol bien puesto en el cielo, pero no sabía que iba a teñirse de rojo antes de llegar el medio día.  Un extraño llegó al pueblo, lo cual era además de algo raro una oportunidad para considerar a alguien una celebridad. Supe desde el momento en que lo vi, que todo cambiaría para mí, pero no sabía que tanto.  En mi mente infantil lo veía como un vaquero o un príncipe que me salvaría de la vida que llevaba ahí, que me llevaría lejos con mi verdadera familia que me esperaba con amor en un lugar lejano y hermoso.  Pero estaba muy equivocada. 
En el pueblo existía la costumbre de que cuando había visitantes se hospedaban en la casa más cercana a la plaza para darles una buena impresión y todas esas cosas que jamás entendí.  Mis padres compraron esa casa años atrás, pero nunca habían hospedado a nadie, hasta ahora.  El hombre, mayor como de 60 años, paso a mi lado casi sin reparar en mi presencia, camino al cuarto que le habían designado para dormir.  No volví a verlo hasta que la policía local, lo llevaba esposado y golpeado hasta casi dejarlo muerto a la calle, y sacaban a mis padres sin vida envueltos en sabanas ensangrentadas.  No llore, no dije nada y ni siquiera reaccione cuando los vecinos y otras personas que nunca había visto me hacían preguntas que no podía contestar mientras me veían con extrañeza por tener 8 años, y ser una niña que a pesar de haber quedado huérfana no había derramado ni una sola lagrima. 
Ahora para los demás venía el dilema, ¿a dónde enviarme? Nadie conocía a las familias de mis padres, según todos mi madre llego sola unos años antes de conocer a mi padre, y mi padre vivía con una mujer mayor que todos pensaban que era su madre, hasta que ella misma murió, y en el entierro su apellido indicaba que no tenía ningún parentesco con mi padre.  Para todos la vida de mis padres fue un misterio hasta que murieron y después de eso, ya que nunca se supo quien los había matado con certeza.  El hombre en cuestión, murió mientras esperaba que lo juzgaran, al parecer se quitó la vida por la culpa. 
Ahora que recuerdo esa frase, pienso que es una forma bastante romántica de decir las cosas, no es así? Al decir que alguien se quitó la vida por la culpa sólo estas diciendo que fue lo suficientemente cobarde como para aceptar lo que había hecho y explicar por qué.  Días después me enviaron lejos, con las pocas cosas que poseía hasta ese momento y una foto bastante borrosa de mis padres como su único recuerdo.  Nunca supe cómo, pero una tía muy lejana y bastante mayor, pariente de mi madre, envió por mí.  Cuando llegue al lugar, me enamoré automáticamente de él.  A pesar de ser tan joven, jamás había fantaseado con nada, pero al ver esa cabaña en medio de un frondoso bosque de pinos, imaginé luchas entre dragones y caballeros con armaduras brillantes, princesas corriendo despavoridas de brujas vengativas y seres que solo en mi imaginación existían.
La nueva vida en la escuela primaria fue, por mucho, un infierno.  Nunca fui como las demás, no encontraba de que hablar con mis amigas en ese tiempo, simplemente no encontraba un punto en común con nadie.  Sentía que estaba sola en este mundo, que simplemente yo era un cubo en una piscina de pelotas.  Me esforcé mucho, es decir cambie muchos de mis hábitos normales, fingía interesarme por las revistas, por las reuniones, no se, hice casi de todo para acoplarme, pero nunca lo logré.  Cuando fue tiempo de cambiar a los básicos, creo que el caos esperaba impaciente.  Un día, en el que había discutido con mi tía, corrí hacia ese bosque que años atrás me había parecido tan hermoso y en el que por supersticiones de la gente nunca me había acercado.  Caminé y caminé por senderos desconocidos llenos de helechos y arboles musgosos, y no me di cuenta en que momento, llegue a un claro.  En medio de ese claro había una roca enorme, hacia donde caminé y me senté.
En ese momento creo que caí en la cuenta de que estaba muy lejos de casa, y en el momento en que decidí pararme y caminar de regreso, como aparecido de la bruma, aprecié que había alguien sentado a mi lado.  Al principio me asusté porque no vi cuando y en que momento llegó, pero al ver su rostro una enorme paz me invadió.  Era una mujer, bastante mayor, su cabello era blanco y largo hasta la cintura, vestía un extraño vestido color verde con un cinturón dorado y en su mano tenía una manzana roja como la sangre.  Recuerdo que cuando la vi, el primer pensamiento que cruzó por mi mente, fue que talvez así debía verse la abuela de todos los quetzales del mundo.  Sonreí por mi pensamiento y ella como si hubiera leído mi mente me dijo que solamente era la abuela de todo el bosque.

Una mujer solitaria en un departamento en el centro...



Me desperté de madrugada como lo había estado haciendo desde que te fuiste.  Con el cuerpo sudoroso y una sensación de letargo que por unos instantes no me dejaba recordar donde estaba.  Torpe, húmeda y excitada, como lo hacía cuando tú me despertabas a esa misma hora para poseerme de nuevo.  Eras tan insaciable, tan salvaje y tan viril como nadie, me hacías vibrar tanto y tan fuerte que parecía que querías quebrar mis inhibiciones, mis más salvajes fantasías.

Y cuando pensaba que voltearía y ahí estarías, recordaba que hacía más de un año que habías muerto.  Y lloraba, lloraba tanto.  No es que hubieras sido el mejor de los hombres, el más amable o el más generoso.  No es que hubieras sido atractivo ni interesante.  Digo, no habías estudiado nada y trabajabas en lo que podías.  No eras como esos hombres que llevaría a casa el fin de semana ni mucho menos el que presentaría en mi grupo.  Para mis amistades yo era la eterna soltera en busca de una nueva utopía diaria.

Y en ese día en especial, mi mente me llevó al día en que te conocí.  Una pared de mi pequeño departamento del centro de la ciudad se había desplomado súbitamente arruinando mi mejor sillón comprado en rebaja.  Y llegaste tú.  Así como suelen ocurrir esas cosas en las viejas películas o novelas, un amigo de un amigo te recomendó, te llame y ahí estabas.  Con un viejo mono de trabajo manchado de trabajos anteriores pero increíblemente limpio.  Me viste y solo dijiste “vengo por la pared”.  Por un instante no sé si fue el olor de tu piel o el color tan común de tus ojos lo que me dejo sin habla, pero no pude responderte ni notar la ironía en tu comentario.

Solo supe en ese instante, al verte, que jamás había deseado a nadie como en ese instante lo hacía contigo.  Me sentía febril, femenina y más deseosa que nunca, la lujuria empapaba mis pantalones vaqueros.  Me olvide de la pared, de mi viejo sillón, del enorme agujero que se miraba entre mi sala y la cocina.  Me olvidé de que más tarde ese día tenía una cita con mi supuesto novio de turno.  Me olvide del teléfono que sonaba al fondo, de la tetera sonando en la estufa.  Me olvide de todo.

Y parecía que tú lo habías notado.  La forma como me mirabas, como me recorrías el cuerpo sin tocarme, en cómo me sonreías y en tu rostro se notaba que te preguntabas si iba a dejarte entrar.  Recuerdo solo haberme corrido de la puerta y sin hablar, solo con la mirada te indique donde estaba la avería.  Y después de eso, ya no recuerdo más.

Desperté desnuda en mi cama, con mi bonito edredón de flores arrugado y tirado en el piso de mi habitación.  Por un instante no supe lo que había ocurrido, solo sabía que me sentía increíble.  Tenía una sensación de haber llegado a las nubes, incluso parecía que aún estaba allí.  El cuerpo, entumecido no me respondió por un instante, fue solo al ver las marcas de dientes como perlas en mis senos y los moretones purpuras por momentos azules de acuerdo a la luz que tenía en mis brazos.  Sin saber que habían pasado tres días desde el momento en que te apareciste en mi puerta.

Poco a poco fui recobrando la razón, fui recordando.  Te vi mirando fijamente la pared tirada, diciéndome brevemente que me costaría caro arreglarla porque se había caído una viga de soporte, o algo así.  Me vi a mi misma asintiendo a todo lo que me decías, diciendo con suficiencia que el dinero no importaba y comentando que tendría que quedarse solo trabajando porque yo tenía una cita.  Después de eso todo fue una enorme nebulosa.  Momentos en los que me veía avanzando hacia ti desnudándome mientras caminaba.  Me veía tirando cada una de mis prendas mientras tú me mirabas con expectación, con la seguridad de que algo increíble ocurriría.  Me vi abalanzándome hacia ti como naufrago buscando un trozo de madera del bote hundido.  Y tú no dijiste ni una palabra, no era necesario.  Todo en ti rezumaba a sexo, a una virilidad desconocida para mí y que en ese instante supe que había estado buscando.

Me olvidé de mi cita, obvie el sonido insistente del teléfono y del timbre más tarde. Se  me olvido que iba a ir a casa de mi madre a comer, que ese fin de semana me iría a la casa de campo de unos amigos.  Lo único que embebía mi mente en ese instante era ver tu cuerpo desnudo, temblando y anhelante con un podo de duda de por medio.  Ver tu erección, que parecía que me mirara y esperara que yo la cubriera con mi cuerpo.

Diablos.  En este instante esos recuerdos no son lo mejor que me puede ocurrir.  Porque mi cuerpo aún te anhela, aún no logra olvidar todo lo que durante esos tres días me hiciste sentir.  No sé cómo llegamos a la cama, la verdad no lo sé.  Es algo que aunque he pasado un año completo tratando de recordar, pareciera que se metió en lo más profundo de mi mente y se niega a salir.  Talvez si recordara ese momento en que los dos sabiendo que iba a ocurrir algo grandioso, en que nuestros cuerpos se iban a fundir en un abrazo de fuego y fluidos, de besos y jadeos, podría volver a mi vida normal.

Pero no puedo.  Simplemente ese momento de mi vida se fue contigo.  Fueron solo tres días los que estuviste conmigo, tres días en los que me olvidé que tenía citas, clientes que atender y una oficina que no se abriría sin mí.  Ni siquiera te pregunté tu nombre, nunca supe dónde vivías.  Ahora que lo pienso podría mi racionalidad gritar que corrí peligro, que no sabía quién eras, si podías tener alguna enfermedad venérea o bien ser un psicópata asesino de mujeres solteras que viven en el centro de la ciudad. No lo sé, creo que en ese momento todas esas posibilidades pensé que le darían sentido a mi vida. Que más daba ser una estadística más si podía recorrer ese cuerpo que se me estaba metiendo tan fuertemente en mis instintos.

Ya son las seis.  Como casi todos los días desde que te fuiste ya he pasado como dos horas recordando esos momentos.  Hay días en los que recuerdo otras cosas, otros matices de esos tres días que habían quedado olvidados.  Agradecí en ese momento ser una persona solitaria y sin más familia que mi madre, porque de lo contrario creo que más de alguien hubiera tirado la puerta de mi departamento en mi búsqueda.  Increíblemente en esos tres días nadie me buscó, todos acostumbrados a mis momentos de aislamiento creo que asumieron que era uno de esos lapsos.

Tardo media hora siempre en recuperarme.  Pareciera que en lugar de recuerdos fuera tu espíritu excitado el que viene a buscarme y me posee lenta y violentamente en mis sueños.  Aun a veces al bañarme encuentro marcas de dientes y moretones que no sé de dónde provienen.  Para mí son como heridas de guerra, viejas perlas de ostras que yo misma coseche. 

Te extraño tanto a veces.  Y muchas otras más te necesito demasiado. 

Creo que me fui contigo cuando supe que ya no vivías entre nosotros.  Solo sé que saliste de mi casa buscando un cigarrillo y en tu camino hacia la tienda más cercana alguien te mató ante la vista de todos.  ¿Por qué? No lo sé.  Talvez Dios se cansó de verme tan feliz, talvez me castigó por no darle sentido a mi vida.  Por no ir a la iglesia ni a mi edad haberme llenado de niños y atender a un esposo.  Talvez alguna deidad lejana envidió mi felicidad y mi satisfacción, envidió mis múltiples orgasmos y la forma en que recorrías mi cuerpo dejando una larga hilera de besos.  No lo sé.

Después de que moriste me negué a ver los periódicos.  No encendí la televisión por casi dos meses, no hablé con nadie.  Simplemente no quería saber quién eras, donde vivías, si tenías familia o amigos.  No quería hacerme una idea de ti que al cabo de un tiempo extrañaría.  No quería reconocer que habías pasado los últimos días de tu vida haciéndome el amor sin parar para comer o beber nada.  No quería pensar en mi como la última persona que se robó tus horas, que se bebió tu sudor y se sació de tus besos. 

No quería reconocerlo, pero en un instante pensé que por fin había encontrado al hombre que había estado buscando, y que en otro instante, talvez mas corto que el anterior ese hombre se había desvanecido.  Parecía que nunca habías existido, que habías estado solo en mi imaginación lujuriosa.  Pero no podía olvidarte, no podía dejarte ir.  Creo que es por eso que mi mente aún te llama, que por las madrugadas o por las noches cuando está el tiempo más oscuro tu regresas, te materializas y me penetras de nuevo, como acostumbrabas hacerlo.  No sé porque esa familiaridad que siento con mis orgasmos en soledad me llevan a tu recuerdo. 

Solo puedo decir que después de ti, no puedo pensar en buscar a alguien más. No puedo pensar en compartir mi cuerpo y mi cama con otro que no sepa amarme y excitarme como tú.  Y a un año de tu partida, he decidido irte a buscar.  No puedo soportar la vida sin tu cuerpo, sin tus besos, sin esas explosiones de pasión que tuvimos juntos.  Creo que mi alma se fue contigo y ahora se niega a regresar. 

Me levanto, ordeno ligeramente mi casa, dejo las cartas que escribí en un lugar visible que sé que mi madre encontrara.  No me despido de nadie, no tengo de quien de todas maneras.   

Renuncié a mi trabajo hace una semana y no tengo tantos amigos cercanos que puedan extrañarme.  Mi servicio esta pagado y mis cuentas en orden.  Todo está en orden.  Eso es lo que me digo mientras me doy a mí misma valor, valor para enfrentar el camino que estoy por iniciar.

En ese instante suena el timbre de mi departamento.  Mi cuerpo se despierta y hay una leve sensación de anhelo flotando a mí alrededor.  No espero a nadie, pienso. Suena una segunda vez.  Por un momento no me decido a levantarme e ir a ver quién llama a mi puerta, pero algo me hace levantarme, caminar y abrir la puerta.  Y ahí estas tú, como esa vez.  Con tu mismo mono de trabajo manchado de trabajos anteriores pero curiosamente más limpio que en esa ocasión.  Algo en tu expresión ha cambiado, no sé qué es, pero te da un aire casi angelical.  Y yo abro mis brazos para recibirte, con lágrimas en los ojos, mientras mi cuerpo despierta y se excita solo con verte, solo con saber que pasaremos la eternidad amándonos como esos simples tres días del pasado.  Y mientras me desnudo lentamente una vez más, tú entras y cierras la puerta.
 
Lo último que recuerdo fue verte sobre mí haciéndome el amor como esa vez. Después de eso todo es una nebulosa de nuevo, con la única diferencia de que no volveré a despertar en la madrugada anhelándote, deseándote.  Ahora soy una contigo y no volveré.  Nunca más volveré.