Por un
momento no le creí, pero al ver su presencia tan imponente y su voz suave que
se parecía al sonido del río, pensé que talvez tenía razón. Me observó durante un rato, y sin decirme
nada se levantó de la roca y me dijo que regresara al día siguiente a la misma
hora. Cuando le dije que no sabía como
había llegado hasta ahí, solo volteo a verme en la distancia y me dijo: ya lo sabrás. Cuando quise levantarme y caminar tras ella,
súbitamente sentí que mi cabeza golpeó con algo duro y frio, y cuando abrí los
ojos vi que estaba en mi cuarto y me había caído de la cama, todo había sido un
sueño. Me senté en la cama y automáticamente mi mirada viajó hasta la ventana,
en el viejo árbol que había enfrente de la misma, estaba parada una enorme
lechuza blanca que me observaba con solemnidad.
Durante un
tiempo, no volví a pensar en esa situación.
Seguía creciendo y el tiempo seguía pasando, cuando vine a darme cuenta
tenía 16 años. Tenía algunos amigos y un
novio, parecía que mi vida, aunque difícilmente, estaba tomando el rumbo
correcto. Hasta que de pronto, mis pasos
me llevaron nuevamente al bosque. Quise buscar ese lugar que había visto hacía
tantos años en mi sueño y de forma inconsciente hasta ahí me encaminé. Cuando llegué al lugar recuerdo que me sentí
tranquila y pensé que no había imaginado todo, que talvez había escuchado hablar de ese lugar y que por eso había
soñado con el, ahí estaba la misma roca, como esperándome. Llegué, me senté, y esperé. Que esperaba que sucediera, no lo se
realmente, solo se que esperaba que pasara algo. Cuando comenzó a oscurecerse y los sonidos
habituales de los bosques comenzaron a hacerse aterradores, inicié mi marcha de
regreso, un poco decepcionada porque no había pasado nada. Espere años de nuevo para regresar y no se
porque decidí hacerlo el día que cumplí 19 años. Llegué al mismo lugar, me senté en la misma piedra
y cuando vi hacía atrás, vi que en la roca había algo que a simple vista no
distinguía que era, pero pensé que yo lo había olvidado ahí. Cuando regresé por eso, me di cuenta de que
no era cualquier cosa. Era un pequeño
quetzal tallado en un trozo de madera sin pintar que parecía hecho por un niño
en alguna clase de industriales de esas del pasado. Dudé por un momento en tomarlo, pero por
inercia, lo metí en mi mochila y dije un gracias apagado hacia el bosque. Nadie nunca me contestó.
Cuando
cumplí 20 años, mi tía falleció.
Habíamos vivido solas hasta el momento, y cuando ella falleció no fue
para mí una gran noticia. A pesar de que
tenía 12 años viviendo ahí desde que llegué, nunca había logrado encariñarme
con ella, era demasiado distante y fría para tomarle cariño alguno. La adolescencia como ya escribí mas arriba,
no fue de mis mejores épocas, creo que ahora que lo pienso no puedo decir que
ninguna de mis épocas haya sido especialmente buena, y ella nunca se esforzó
por hacerla mejor. Seguía sin mis cenas
de navidad, sin mis pasteles de cumpleaños y sin todas esas cosas que yo tanto
anhelaba tener. En la víspera de mi
cumpleaños, recuerdo que mis pasos de nuevo me llevaron a ese claro en el
bosque. Había ido ya varias veces antes
y sabía como llegar, pero nunca mas había vuelto a ver a la anciana del vestido
verde, y después de esa pequeña estatua de madera, no había encontrado nada
más.
Pregunté a
todas las personas en el lugar si sabían algo de esa roca, pero todos me veían
como si estuviera loca y además fuera estúpida por ir a ese lugar yo sola. Lo único que me decían era que ese lugar era
peligroso, que había personas que iban ahí y jamás volvían a aparecer,
espantos, aparecidos, desaparecidos, ruidos extraños y todas esas cosas a las
que les temen algunas personas. Ese día específico, ese día en el que mi
destino se escribió de una vez y para siempre, sigue estando tan presente en mi
memoria como si hubiera sido ayer. Muy
temprano en la mañana, apagué mi teléfono y camine hacia ahí, como movida por
un motor extraño que me llevaba hacia allá.
Cuando me
iba acercando al lugar, pude ver a lo lejos a la misma anciana
esperándome. No se porque la emoción me
llenó y corrí hacia ella, habían pasado 6 años desde la única y última vez que
la había visto. Sentí que todo tenía
sentido, que la vida que yo quería por fin iba a ocurrir. Ella sólo me vio llegar, me sonrió y me dio
un extraño pergamino doblado, el cual sin que ella me lo dijera supe que tenía
que leerlo cuando estuviera sola de regreso a casa. Cuando volví la vista ella ya no estaba, de
pronto todo se nubló y di un salto en mi cama.
Pensé que había soñado todo de nuevo, cuando me di cuenta que sostenía
algo, abrí difícilmente los dedos de mi mano y vi el pergamino doblado. Me asusté por un segundo, pero después lo
abrí y decía 19 de enero, dentro de 10 años.
Para ese
momento estudiaba en la universidad. Los
catedráticos luchaban contra mi silencio, y visité muchas veces la oficina de
los psicólogos que todos me recomendaban. Mis compañeras batallaban largamente
contra mi misma, deseaban sinceramente ayudarme pero yo estaba totalmente
cerrada a dejar que alguien entrara a mi pequeño espacio. Tuve parejas en ese tiempo, pero vivía en mí
esa sensación de que en 10 años todo acabaría así que nunca me permití ver
hacia el futuro, pensar realmente que iba a estar ahí cuando eso
ocurriera. No me atrevía a contarle nada
a nadie, no confiaba en que me creyeran.
Había en la plaza, una mujer bastante vieja, que cuando me vio, me hizo
una seña para que me acercara. Cuando
llegue donde estaba ella, me dijo que tenía dos opciones, que la “vieja madre”
me había escogido para tomar su lugar, pero que tenía dos opciones, que debía
elegir bien.
De nuevo
me sentía estancada, de nuevo sentía que no encajaba, cuando por fin pensé que
todo eso había quedado atrás, aparecía de nuevo mostrándome que solo se había
dormido por un rato. No entendía
nada. Nada tenía sentido para mí, qué
debía elegir, si tenía que irme, si de verdad quería ser escogida para lo que
fuera.
Muy a
pesar de mis esfuerzos, cuando lo vi, un día en la plaza, me enamoré
perdidamente de él. No era muy alto, ni
muy blanco, ni muy guapo. Pero era todo
lo que yo necesitaba. Se me acercó y me
preguntó por una dirección, le dije como llegar, me sonrió y se fue. Volví a verlo varias veces después de eso,
parecía que de pronto encontrármelo en todos lados era mi tarea. Lo conocí meses después, cuando un amigo en
común nos presentó, y ahí comenzó todo.
No me di cuenta en que momento pasaron los días, los meses, los años
incluso. Tenía 27 años cuando comencé a
preocuparme. Cada día estaba mas
enamorada de él, cada día sentía que quería pasar mi vida entera, o lo que
quedaba de ella, con él. Pero al mismo
tiempo sabía que si los vaticinios de la vieja mujer se hacían realidad, en
unos cuantos años tendría que irme, o decidir, no se entre que opciones.
El pánico
me amenazaba todos los días, evadía sus intentos por casarse conmigo, por que
tuviéramos hijos, porque compráramos cierta casa, en fin, le hacía saber que lo
nuestro debería ser disfrutado mientras durara.
Ante eso, él sólo me veía escéptico, creo que en algún momento pensó que
solo estaba jugando con él. Lo raro es
que nunca me abandonó a pesar de todo.
Una noche, clara y estrellada como cosa bastante rara, tome una
determinación. No quería ocupar el lugar
de nadie, no quería ser la elegida de nada, solo quería ser mujer, esposa,
madre talvez. Al día siguiente, fui a la
biblioteca y comencé a investigar sobre los inicios del lugar, sus bosques, su
flora, sus historias. Encontré sólo una
breve historia sobre la famosa “vieja madre” de la que me habían hablado años
atrás, en donde decía que cada 30 años, el espíritu del bosque elegía a una
mujer con ciertas características para que fuera la dadora de vida de las
especies y de las flores. No decía como se hacia la elección ni hablaba de las
mujeres, porque parecía ser que nadie antes había conocido a una mujer
elegida.
Talvez
eran mujeres desconocidas, sin familia, solas en el mundo, como yo. Pero yo no estaba sola, yo tenía a Alberto y
quería conservarlo de esa misma forma.
Seguí pasando las páginas de ese viejo libro que como dato curioso no
tenía nombre, y vi en una fotografía la pequeña figura del quetzal
tallado. No tenía pie de foto, solo
estaba la pequeña estatuilla fotografiada en blanco y negro en toda la
hoja. Regrese a casa decepcionada por lo
poco que había logrado investigar, y decidí dormir un rato. Me acosté, pero no
pude ni siquiera cerrar los ojos.
Recordé en que parte había guardado la estatuilla y hacia ahí me
dirigí. Ahí estaba, como el primer día
que la había visto. Comencé a observarla
detenidamente y pude ver que en el lado donde estaban talladas las plumas, tenía
un pequeño botón casi imperceptible, lo oprimí y una pequeña parte de la
estatua quedó en mis manos.
Vi que en
el pequeño compartimento había algo metido, enrollado cuidadosamente. Cuando lo saqué, observé que era igual que el
pergamino que me habían dado años atrás, y cuando lo desdoble pude ver que
decía hemos sido muchas, y hemos sido
olvidadas, pero tú como las demás tienes la opción..
No puedo
explicarte, el miedo que me embargó cuando terminé de leer esa pequeña frase. Ahí estaba la respuesta a todo lo que había
buscado, pero no lo comprendía. Esa noche me acosté temprano, rechacé las
salidas que quería programar y me dormí.
Tuve un sueño bastante extraño, en donde me veía a mi misma corriendo
por el bosque con un vestido verde, feliz viendo los arboles crecer en un
segundo ante mis ojos. Vi rostros de
mujeres que envejecían, vi también dolor y miedo. Cuando desperté, me sentía aun más confusa
que antes.
Cuando
Alberto llegó, muy temprano, a decirme que iba a irse del país sin mí, supe que
todo había terminado. No pude escuchar ni la mitad de las explicaciones y las
razones que me dio, escuche muchas veces las palabras “desinteresada”, “fría”, “ya
no puede ser”, “ya no puedo esperar”, y me quedé en silencio. Al final él solo dio un resoplido molesto por
mi actitud, se levantó y lo último que dijo antes de atravesar la puerta y
dejarme para siempre fue “si hubieras tan solo derramado una lagrima por mi
partida, talvez hubiera pensado en llevarte conmigo”. Diciendo eso se marchó, y no volví a verlo en
mucho tiempo.
Llevo la
decepción en las venas. Mi vida como la quería conocer iba a terminar y yo no
había hecho nada de lo que había propuesto hacer. No tenía una familia, no había tenido mi tan
deseada cena de navidad, mi tan hermoso pastel de cumpleaños. Me odiaba y la vida simplemente dejo de tener
sentido para mi.
Creo que lo
anterior es un resumen bastante detallado, de lo que ha sido mi vida hasta
ahora. Fue la recopilación de algunas
ideas escritas en diarios que tardaba años en llenar y de pensamientos que
siempre rondaron en mi mente. No puedo
describir con palabras el dolor y la desmotivación que siento, simplemente no
encuentro ni palabras ni imágenes para explicar lo que siento ahora. Es como que estuviera en piloto automático,
viviendo fuera de mí. Se que tengo que
hacerme a la idea de que en algún momento tengo que continuar, de que
obligatoriamente mientras esté viva tengo que encontrarle sentido a lo que
hago. No dejo nada atrás mío, mi paso por el mundo fue casi nulo, fui invisible
todo el tiempo e hice lo posible porque nadie me viera. Varias veces intente acabar con mi vida, no
quería quedarme para siempre viviendo en el bosque en soledad, pero esas veces
siempre algo lo impedía, una rama rompiendo una de mis ventanas, las frutas
saliéndose de pronto de su lugar y rodando por la casa, en fin siempre había
algo que me impedía terminar mis planes.
Hace un
año, Alberto regresó. Lo vi de nuevo
justamente en el mismo lugar donde lo conocí, estaba sentada en la misma
banca. Se acercó, me miró, me preguntó
de nuevo por una dirección y se fue.
Hasta el momento no había observado que mis facciones estaban
cambiando. Lo que por un momento pensé
que había sido algo a propósito y cruel por parte de él, había sido causado por
que no me había reconocido. Cuando me vi en el reflejo de una tienda vi que
todo había empezado. Mi pelo antes tan
negro se estaba encaneciendo, mi cara aun veinteañera, había pasado a tornarse
madura con rasgos de bondad y severidad.
Parecía una mujer de 40 años, por eso Alberto jamás me habría
reconocido. Caminé lentamente hacia mi
casa, y comencé a pensar que debía hacer antes de aceptar lo inevitable.
No dejada
nada atrás, no había nadie de quien despedirme, incluso mis cosas parecían
deteriorarse con cada soplo del viento.
Todo lo que yo significaba estaba acabando, se estaba desvaneciendo, yo
misma ya no podía reconocerme.
Decidí que
debía dejar mi historia, que debía escribir todo lo que me había ocurrido,
porque no quería ser olvidada. No quería
ser como esas otras que habían sido olvidadas y que no habían dejado ningún
recuerdo tras ellas. Talvez no dejaría
familia que me trascendiera ni el recuerdo de algún amor, pero si dejaría una
historia, una historia que iría agregada al libro desconocido que había
encontrado y que explicaría lo que había ocurrido, para que las demás evitaran
llegar hasta la roca y marcar sus vidas.
Comencé entonces a luchar con mi memoria, ya que había muchas cosas que
parecía haber olvidado, cosas que solamente leyendo diarios y cuadernos viejos
pude recordar. Pensé que eso también era
parte del proceso de volverme una con el bosque. Pasé mucho tiempo escribiendo,
borrando, resumiendo, botando bolas de papel, pensando. Ahora que se ha acercado el momento, creo que
todo está terminado, compré este hermoso cofre especialmente para guardar esta
historia, que espero alguien la encuentre.
El día ha
llegado, el día de mi cumpleaños numero 30 llegó por fin con una mañana algo
nublada y con lluvia. Típico, pensé,
como mi estado de ánimo. Me levante, me
vestí con la ropa mas abrigada que tenía y caminé hacia el bosque. Tenía mucho tiempo de no ir, así que por unos
instantes me perdí un poco, pero por fin encontré el sendero hacia el claro de
la roca. Cuando llegué, no había nada,
todo estaba tan tranquilo y sereno, ni siquiera se escuchaban los pájaros ni el
sonido del río que siempre llegaba hasta allí.
Parecía que todo estaba suspendido en el espacio, como a la espera de
algo que inevitablemente ocurriría. Me
senté en la roca, y puse a mi lado el cofre.
De algún lugar del bosque surgió una luz y una voz tan serena y calmada
me dijo: “hija mía, has decidido y has decidido bien, ve entonces y hazte una
con el bosque”.
No se bien
que ocurrió después, pero un ventarrón me levantó de donde estaba y me dio
muchas vueltas por todo el bosque, topaba con todo, con los arboles, con los
animales, con la tierra, me vi en el fondo del río, volando por el cielo, dando
vueltas alrededor de flores que se veían enormes y alrededor de arboles enteros
que se veían pequeñísimos. Una luz
cegadora no me dejaba ver hacia donde volaba, y una calidez me hacia pensar que
por fin había muerto y ya no era humana, era ahora un espíritu del bosque
destinado a reinar en el por otros 30 años hasta que encontrara a mi
sucesora. Al pensar en eso de pronto me
entró pánico, pensé en quien sería esa otra mujer que se vería obligada en su
momento a tomar mi lugar, a ser olvidada, a dejar sus sueños y sus anhelos para
dar vida al bosque. Pensé en mi casa, en
Alberto, en mis sueños rotos y pensé que había desperdiciado mi vida entera.
En ese
momento todo se detuvo. Quedé suspendida en el aire rodeada de oscuridad. No
sentía nada, no escuchaba nada, no había nada a mí alrededor. La ansiedad me embargó, pero después de un
momento volví a sentirme dueña de mi cuerpo.
Comencé lentamente a sentir de nuevo, a sentir mis piernas, mis brazos,
mi ropa, todo. Abrí los ojos, no me
había dado cuenta de que los tenía cerrados, y vi una sabana blanca
cubriéndome. Con mucho temor la aparte y
vi un cuarto y una ventana que tenía mucho tiempo sin ver. A mi lado mi madre sentada mirándome
fijamente con cara de preocupación, en la mesita de noche un libro que en su
portada decía “Historias de los bosques y los días”.
Al otro
día, vi la llegada de ese hombre mayor al pueblo por segunda vez en mi vida, o
al menos así me pareció a mí. Fui hasta
su cuarto y lo maté, no podía arriesgarme a pasar por mi muerte una segunda
vez.


