viernes, 14 de marzo de 2014

Diario del final de los días parte 2/final



Por un momento no le creí, pero al ver su presencia tan imponente y su voz suave que se parecía al sonido del río, pensé que talvez tenía razón.  Me observó durante un rato, y sin decirme nada se levantó de la roca y me dijo que regresara al día siguiente a la misma hora.  Cuando le dije que no sabía como había llegado hasta ahí, solo volteo a verme en la distancia y me dijo: ya lo sabrás.  Cuando quise levantarme y caminar tras ella, súbitamente sentí que mi cabeza golpeó con algo duro y frio, y cuando abrí los ojos vi que estaba en mi cuarto y me había caído de la cama, todo había sido un sueño. Me senté en la cama y automáticamente mi mirada viajó hasta la ventana, en el viejo árbol que había enfrente de la misma, estaba parada una enorme lechuza blanca que me observaba con solemnidad.  
Durante un tiempo, no volví a pensar en esa situación.  Seguía creciendo y el tiempo seguía pasando, cuando vine a darme cuenta tenía 16 años.  Tenía algunos amigos y un novio, parecía que mi vida, aunque difícilmente, estaba tomando el rumbo correcto.  Hasta que de pronto, mis pasos me llevaron nuevamente al bosque. Quise buscar ese lugar que había visto hacía tantos años en mi sueño y de forma inconsciente hasta ahí me encaminé.  Cuando llegué al lugar recuerdo que me sentí tranquila y pensé que no había imaginado todo, que talvez había escuchado  hablar de ese lugar y que por eso había soñado con el, ahí estaba la misma roca, como esperándome.  Llegué, me senté, y esperé.  Que esperaba que sucediera, no lo se realmente, solo se que esperaba que pasara algo.  Cuando comenzó a oscurecerse y los sonidos habituales de los bosques comenzaron a hacerse aterradores, inicié mi marcha de regreso, un poco decepcionada porque no había pasado nada.  Espere años de nuevo para regresar y no se porque decidí hacerlo el día que cumplí 19 años.  Llegué al mismo lugar, me senté en la misma piedra y cuando vi hacía atrás, vi que en la roca había algo que a simple vista no distinguía que era, pero pensé que yo lo había olvidado ahí.  Cuando regresé por eso, me di cuenta de que no era cualquier cosa.  Era un pequeño quetzal tallado en un trozo de madera sin pintar que parecía hecho por un niño en alguna clase de industriales de esas del pasado.  Dudé por un momento en tomarlo, pero por inercia, lo metí en mi mochila y dije un gracias apagado hacia el bosque.  Nadie nunca me contestó.
Cuando cumplí 20 años, mi tía falleció.  Habíamos vivido solas hasta el momento, y cuando ella falleció no fue para mí una gran noticia.  A pesar de que tenía 12 años viviendo ahí desde que llegué, nunca había logrado encariñarme con ella, era demasiado distante y fría para tomarle cariño alguno.  La adolescencia como ya escribí mas arriba, no fue de mis mejores épocas, creo que ahora que lo pienso no puedo decir que ninguna de mis épocas haya sido especialmente buena, y ella nunca se esforzó por hacerla mejor.  Seguía sin mis cenas de navidad, sin mis pasteles de cumpleaños y sin todas esas cosas que yo tanto anhelaba tener.  En la víspera de mi cumpleaños, recuerdo que mis pasos de nuevo me llevaron a ese claro en el bosque.  Había ido ya varias veces antes y sabía como llegar, pero nunca mas había vuelto a ver a la anciana del vestido verde, y después de esa pequeña estatua de madera, no había encontrado nada más. 
Pregunté a todas las personas en el lugar si sabían algo de esa roca, pero todos me veían como si estuviera loca y además fuera estúpida por ir a ese lugar yo sola.  Lo único que me decían era que ese lugar era peligroso, que había personas que iban ahí y jamás volvían a aparecer, espantos, aparecidos, desaparecidos, ruidos extraños y todas esas cosas a las que les temen algunas personas. Ese día específico, ese día en el que mi destino se escribió de una vez y para siempre, sigue estando tan presente en mi memoria como si hubiera sido ayer.  Muy temprano en la mañana, apagué mi teléfono y camine hacia ahí, como movida por un motor extraño que me llevaba hacia allá. 
Cuando me iba acercando al lugar, pude ver a lo lejos a la misma anciana esperándome.  No se porque la emoción me llenó y corrí hacia ella, habían pasado 6 años desde la única y última vez que la había visto.  Sentí que todo tenía sentido, que la vida que yo quería por fin iba a ocurrir.  Ella sólo me vio llegar, me sonrió y me dio un extraño pergamino doblado, el cual sin que ella me lo dijera supe que tenía que leerlo cuando estuviera sola de regreso a casa.  Cuando volví la vista ella ya no estaba, de pronto todo se nubló y di un salto en mi cama.  Pensé que había soñado todo de nuevo, cuando me di cuenta que sostenía algo, abrí difícilmente los dedos de mi mano y vi el pergamino doblado.  Me asusté por un segundo, pero después lo abrí y decía 19 de enero, dentro de 10 años. 
Para ese momento estudiaba en la universidad.  Los catedráticos luchaban contra mi silencio, y visité muchas veces la oficina de los psicólogos que todos me recomendaban. Mis compañeras batallaban largamente contra mi misma, deseaban sinceramente ayudarme pero yo estaba totalmente cerrada a dejar que alguien entrara a mi pequeño espacio.  Tuve parejas en ese tiempo, pero vivía en mí esa sensación de que en 10 años todo acabaría así que nunca me permití ver hacia el futuro, pensar realmente que iba a estar ahí cuando eso ocurriera.  No me atrevía a contarle nada a nadie, no confiaba en que me creyeran.  Había en la plaza, una mujer bastante vieja, que cuando me vio, me hizo una seña para que me acercara.  Cuando llegue donde estaba ella, me dijo que tenía dos opciones, que la “vieja madre” me había escogido para tomar su lugar, pero que tenía dos opciones, que debía elegir bien.
De nuevo me sentía estancada, de nuevo sentía que no encajaba, cuando por fin pensé que todo eso había quedado atrás, aparecía de nuevo mostrándome que solo se había dormido por un rato.  No entendía nada.  Nada tenía sentido para mí, qué debía elegir, si tenía que irme, si de verdad quería ser escogida para lo que fuera.
Muy a pesar de mis esfuerzos, cuando lo vi, un día en la plaza, me enamoré perdidamente de él.  No era muy alto, ni muy blanco, ni muy guapo.  Pero era todo lo que yo necesitaba.  Se me acercó y me preguntó por una dirección, le dije como llegar, me sonrió y se fue.  Volví a verlo varias veces después de eso, parecía que de pronto encontrármelo en todos lados era mi tarea.  Lo conocí meses después, cuando un amigo en común nos presentó, y ahí comenzó todo.  No me di cuenta en que momento pasaron los días, los meses, los años incluso.  Tenía 27 años cuando comencé a preocuparme.  Cada día estaba mas enamorada de él, cada día sentía que quería pasar mi vida entera, o lo que quedaba de ella, con él.  Pero al mismo tiempo sabía que si los vaticinios de la vieja mujer se hacían realidad, en unos cuantos años tendría que irme, o decidir, no se entre que opciones.
El pánico me amenazaba todos los días, evadía sus intentos por casarse conmigo, por que tuviéramos hijos, porque compráramos cierta casa, en fin, le hacía saber que lo nuestro debería ser disfrutado mientras durara.  Ante eso, él sólo me veía escéptico, creo que en algún momento pensó que solo estaba jugando con él.  Lo raro es que nunca me abandonó a pesar de todo.  Una noche, clara y estrellada como cosa bastante rara, tome una determinación.  No quería ocupar el lugar de nadie, no quería ser la elegida de nada, solo quería ser mujer, esposa, madre talvez.  Al día siguiente, fui a la biblioteca y comencé a investigar sobre los inicios del lugar, sus bosques, su flora, sus historias.  Encontré sólo una breve historia sobre la famosa “vieja madre” de la que me habían hablado años atrás, en donde decía que cada 30 años, el espíritu del bosque elegía a una mujer con ciertas características para que fuera la dadora de vida de las especies y de las flores. No decía como se hacia la elección ni hablaba de las mujeres, porque parecía ser que nadie antes había conocido a una mujer elegida. 
Talvez eran mujeres desconocidas, sin familia, solas en el mundo, como yo.  Pero yo no estaba sola, yo tenía a Alberto y quería conservarlo de esa misma forma.  Seguí pasando las páginas de ese viejo libro que como dato curioso no tenía nombre, y vi en una fotografía la pequeña figura del quetzal tallado.  No tenía pie de foto, solo estaba la pequeña estatuilla fotografiada en blanco y negro en toda la hoja.  Regrese a casa decepcionada por lo poco que había logrado investigar, y decidí dormir un rato. Me acosté, pero no pude ni siquiera cerrar los ojos.  Recordé en que parte había guardado la estatuilla y hacia ahí me dirigí.  Ahí estaba, como el primer día que la había visto.  Comencé a observarla detenidamente y pude ver que en el lado donde estaban talladas las plumas, tenía un pequeño botón casi imperceptible, lo oprimí y una pequeña parte de la estatua quedó en mis manos. 
Vi que en el pequeño compartimento había algo metido, enrollado cuidadosamente.  Cuando lo saqué, observé que era igual que el pergamino que me habían dado años atrás, y cuando lo desdoble pude ver que decía hemos sido muchas, y hemos sido olvidadas, pero tú como las demás tienes la opción..   
No puedo explicarte, el miedo que me embargó cuando terminé de leer esa pequeña frase.  Ahí estaba la respuesta a todo lo que había buscado, pero no lo comprendía. Esa noche me acosté temprano, rechacé las salidas que quería programar y me dormí.  Tuve un sueño bastante extraño, en donde me veía a mi misma corriendo por el bosque con un vestido verde, feliz viendo los arboles crecer en un segundo ante mis ojos.  Vi rostros de mujeres que envejecían, vi también dolor y miedo.  Cuando desperté, me sentía aun más confusa que antes. 
Cuando Alberto llegó, muy temprano, a decirme que iba a irse del país sin mí, supe que todo había terminado. No pude escuchar ni la mitad de las explicaciones y las razones que me dio, escuche muchas veces las palabras “desinteresada”, “fría”, “ya no puede ser”, “ya no puedo esperar”, y me quedé en silencio.  Al final él solo dio un resoplido molesto por mi actitud, se levantó y lo último que dijo antes de atravesar la puerta y dejarme para siempre fue “si hubieras tan solo derramado una lagrima por mi partida, talvez hubiera pensado en llevarte conmigo”.  Diciendo eso se marchó, y no volví a verlo en mucho tiempo.  
Llevo la decepción en las venas. Mi vida como la quería conocer iba a terminar y yo no había hecho nada de lo que había propuesto hacer.  No tenía una familia, no había tenido mi tan deseada cena de navidad, mi tan hermoso pastel de cumpleaños.  Me odiaba y la vida simplemente dejo de tener sentido para mi. 
Creo que lo anterior es un resumen bastante detallado, de lo que ha sido mi vida hasta ahora.  Fue la recopilación de algunas ideas escritas en diarios que tardaba años en llenar y de pensamientos que siempre rondaron en mi mente.  No puedo describir con palabras el dolor y la desmotivación que siento, simplemente no encuentro ni palabras ni imágenes para explicar lo que siento ahora.  Es como que estuviera en piloto automático, viviendo fuera de mí.  Se que tengo que hacerme a la idea de que en algún momento tengo que continuar, de que obligatoriamente mientras esté viva tengo que encontrarle sentido a lo que hago. No dejo nada atrás mío, mi paso por el mundo fue casi nulo, fui invisible todo el tiempo e hice lo posible porque nadie me viera.  Varias veces intente acabar con mi vida, no quería quedarme para siempre viviendo en el bosque en soledad, pero esas veces siempre algo lo impedía, una rama rompiendo una de mis ventanas, las frutas saliéndose de pronto de su lugar y rodando por la casa, en fin siempre había algo que me impedía terminar mis planes. 
Hace un año, Alberto regresó.  Lo vi de nuevo justamente en el mismo lugar donde lo conocí, estaba sentada en la misma banca.  Se acercó, me miró, me preguntó de nuevo por una dirección y se fue.  Hasta el momento no había observado que mis facciones estaban cambiando.  Lo que por un momento pensé que había sido algo a propósito y cruel por parte de él, había sido causado por que no me había reconocido. Cuando me vi en el reflejo de una tienda vi que todo había empezado.  Mi pelo antes tan negro se estaba encaneciendo, mi cara aun veinteañera, había pasado a tornarse madura con rasgos de bondad y severidad.  Parecía una mujer de 40 años, por eso Alberto jamás me habría reconocido.  Caminé lentamente hacia mi casa, y comencé a pensar que debía hacer antes de aceptar lo inevitable.
No dejada nada atrás, no había nadie de quien despedirme, incluso mis cosas parecían deteriorarse con cada soplo del viento.  Todo lo que yo significaba estaba acabando, se estaba desvaneciendo, yo misma ya no podía reconocerme. 
Decidí que debía dejar mi historia, que debía escribir todo lo que me había ocurrido, porque no quería ser olvidada.  No quería ser como esas otras que habían sido olvidadas y que no habían dejado ningún recuerdo tras ellas.  Talvez no dejaría familia que me trascendiera ni el recuerdo de algún amor, pero si dejaría una historia, una historia que iría agregada al libro desconocido que había encontrado y que explicaría lo que había ocurrido, para que las demás evitaran llegar hasta la roca y marcar sus vidas.  Comencé entonces a luchar con mi memoria, ya que había muchas cosas que parecía haber olvidado, cosas que solamente leyendo diarios y cuadernos viejos pude recordar.  Pensé que eso también era parte del proceso de volverme una con el bosque. Pasé mucho tiempo escribiendo, borrando, resumiendo, botando bolas de papel, pensando.  Ahora que se ha acercado el momento, creo que todo está terminado, compré este hermoso cofre especialmente para guardar esta historia, que espero alguien la encuentre. 
El día ha llegado, el día de mi cumpleaños numero 30 llegó por fin con una mañana algo nublada y con lluvia.  Típico, pensé, como mi estado de ánimo.   Me levante, me vestí con la ropa mas abrigada que tenía y caminé hacia el bosque.  Tenía mucho tiempo de no ir, así que por unos instantes me perdí un poco, pero por fin encontré el sendero hacia el claro de la roca.  Cuando llegué, no había nada, todo estaba tan tranquilo y sereno, ni siquiera se escuchaban los pájaros ni el sonido del río que siempre llegaba hasta allí.  Parecía que todo estaba suspendido en el espacio, como a la espera de algo que inevitablemente ocurriría.  Me senté en la roca, y puse a mi lado el cofre.  De algún lugar del bosque surgió una luz y una voz tan serena y calmada me dijo: “hija mía, has decidido y has decidido bien, ve entonces y hazte una con el bosque”. 
No se bien que ocurrió después, pero un ventarrón me levantó de donde estaba y me dio muchas vueltas por todo el bosque, topaba con todo, con los arboles, con los animales, con la tierra, me vi en el fondo del río, volando por el cielo, dando vueltas alrededor de flores que se veían enormes y alrededor de arboles enteros que se veían pequeñísimos.  Una luz cegadora no me dejaba ver hacia donde volaba, y una calidez me hacia pensar que por fin había muerto y ya no era humana, era ahora un espíritu del bosque destinado a reinar en el por otros 30 años hasta que encontrara a mi sucesora.  Al pensar en eso de pronto me entró pánico, pensé en quien sería esa otra mujer que se vería obligada en su momento a tomar mi lugar, a ser olvidada, a dejar sus sueños y sus anhelos para dar vida al bosque.  Pensé en mi casa, en Alberto, en mis sueños rotos y pensé que había desperdiciado mi vida entera.
En ese momento todo se detuvo. Quedé suspendida en el aire rodeada de oscuridad. No sentía nada, no escuchaba nada, no había nada a mí alrededor.  La ansiedad me embargó, pero después de un momento volví a sentirme dueña de mi cuerpo.  Comencé lentamente a sentir de nuevo, a sentir mis piernas, mis brazos, mi ropa, todo.  Abrí los ojos, no me había dado cuenta de que los tenía cerrados, y vi una sabana blanca cubriéndome.  Con mucho temor la aparte y vi un cuarto y una ventana que tenía mucho tiempo sin ver.  A mi lado mi madre sentada mirándome fijamente con cara de preocupación, en la mesita de noche un libro que en su portada decía “Historias de los bosques y los días”.
Al otro día, vi la llegada de ese hombre mayor al pueblo por segunda vez en mi vida, o al menos así me pareció a mí.  Fui hasta su cuarto y lo maté, no podía arriesgarme a pasar por mi muerte una segunda vez.

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