domingo, 6 de abril de 2014

El corredor de mis recuerdos...



Sábado, 6:30 de la mañana.  Si, ahí estabas de nuevo.  Corriendo sudoroso con la ropa empapada frente a mi ventana.  Como todos los días desde que me había mudado a ese edificio, salía de nuevo a verte correr, tan ajeno a mi observación como si no existiera.  Te veías tan bien.  Tu rostro sonrosado por el ejercicio, tu piel tan brillante por el sudor.  Y ese bulto en tus pantalones, aaa cómo reacciona mi cuerpo sólo de imaginarlo.  No sabía de donde venías, cual era tu nombre ni a que te dedicabas.  Solo sabía que todas las madrugadas, cual oración enviada al Creador, tenías el poder de tenerme parada frente a mi ventana, no importando el frio y el calor, viéndote correr con el alba.  Siempre con el mismo sudadero color gris, con los mismos tenis y esos shorts que no dejaban nada a la imaginación.  En mi mente, suponía que eras un gran atleta, de esos que salen en la televisión.  Pero yo no tenía televisión, así que no podía saberlo con certeza.  Después te imaginaba como un gran magnate petrolero, como un corredor de bolsa o un banquero importante.  Algo en tu porte me decía que eras alguien, no sé qué. 
Y por qué no me animaba a hablarte? No lo sé.  Tantos años de encierro, tanta vida desperdiciada en anhelos incumplidos no me dejaba salir más allá de los confines de mi pequeño jardín.  Todo el dolor y la desdicha cubrían mis ojos de sombras y mi cara de recuerdos.  Me conformaba con verte, con abrazarte a lo lejos o imaginarme esas largas noches de pasión que, en mi pensamiento, podrías regalarme si quisieras.  Muchas veces me enojaba contigo, porque no me veías, porque no reparabas en que ahí, incondicionalmente, me tendrías parada observándote, admirándote.  Te odiaba tanto por momentos por no notarme, y por otros comprendía que las largas y gruesas cortinas de mis ventanales, jamás le permitirían a nadie verme siquiera.
En dos ocasiones te encontré en la calle, esas cortas veces en que me anime a caminar a la esquina para comprar el periódico.  Y ahí estabas, leyendo la sección de economía, tan absorto y perfecto en ese traje sastre negro y camisa gris.  Tus eternas gafas graduadas, que hacían juego tan bien con tu pequeño rostro, parecían querer comerse las hojas de ese periódico.  Lo envidiaba tanto, sentía odio y celos por esas hojas inertes que captaban tu atención más que mi sencillo vestido de flores. 
En este momento me doy cuenta de que hace ya más de diez minutos que pasaste.  Ya ni siquiera te perfilas en el horizonte.  No sé porque, pero nunca he esperado que pases de regreso.   Talvez porque pienso que serás alguien distinto, talvez porque siento que esas largas carreras matutinas no son más que excusas para ver, también de lejos, a la persona que tu amas.  Ese pensamiento es suficiente para hacerme llorar.  Llorar de impotencia por no poder salir a buscarte, por haber desperdiciado dos preciosas ocasiones en las cuales podría haber hablado contigo, al menos para preguntar cualquier tontería.
Y en una ocasión, estuve a punto de hacerlo.  Te vi, rodeado de revistas y personas, me acerqué pero no pude hablarte.  En el momento en que tu vista miro hacia mí, yo divague preguntando sobre cierta revista que no había visto en el anaquel.  Tú me viste, sonreíste y me indicaste, amablemente que esa revista tenía más de diez años sin publicarse.  Que tonta me sentí.  Yo lo sabía bien, pero en mi nerviosismo pregunté lo primero que se me vino a la mente.  Mi cuerpo reaccionó ante tu voz acaramelada.  Eternas sensaciones convertidas en escalofríos recorrieron mi espalda e incluso ciertos fluidos comenzaron a inundar mi ropa interior.  Vaya, que efecto tienes sobre los demás.
Como pude, asentí con la cabeza, sonreí cual adolescente y eché a correr.  Creí ver en tu rostro un dejo de perplejidad y hasta cierto tinte de gracia al verme, incluso pude leer en tu pensamiento el “vaya que chica más extraña” que todos parecían pensar cuando me veían.  Que podría haber hecho? Una treintañera solitaria, viviendo en una casa más grande de lo normal acompañada de un gato que a veces llegaba a cenar.  Qué vida más patética la mía, pensándolo así.
Después de eso, ya no pude ir por el periódico.  Incluso salir a mi jardín, ya descuidado ahora viéndolo bien, se me hacía un trabajo de fuerza mayor.  Aún recordaba ese momento, en que alguien como tú, bien parecido y vestido con elegancia, arruinó mis sueños de amor y mi esperanza de compartir la cama con alguien otra vez.  Las lágrimas que salen ahora no son de vergüenza ni de impotencia, son de frustración.  Frustración por todos esos años perdidos, por las oportunidades y por los sueños.
Y el solo verte, de vez en cuando, se había convertido en mi razón de vivir.  Hasta el momento no había notado que la calle se había quedado silencia, lo cual me hizo despertar de mi ensoñación.  Al volver a ver a la ventana, note que todo parecía más quieto de lo normal, los autos tan habituales a esa hora del día brillaban por su ausencia.  Solo había alguien, parado a media calle mirando con expectación hacia mi ventana.
En ese instante caí en la cuenta de que no habías seguido corriendo.  Que esa mañana te habías quedado parado frente a mi casa viendo fijamente hacia mi ventana.  Y me mirabas a mí.  Aunque parecería raro, sentía tus ojos posados fijamente en los míos, después los vi bajar hacia mi escote y casi desabotonar mi blusa.  Solo de pensar en eso, mis pezones se erectan sin mi permiso.  Todo mi cuerpo se estremece y quiero huir, pero no puedo moverme siquiera.  Parece que ante tus ojos, mi cuerpo no reacciona, no obedece.  Hubiera querido correr a mi habitación, encerrarme en el baño y seguir mi día como si nada hubiera pasado, pero no pude.  Sólo fui capaz de quedarme viendo, un tanto aterrada y más excitada que de costumbre, hacia afuera.  Tú seguías parado en la calle, secándote el sudor con la manga del sudadero, limpiando tus gafas y viéndome fijamente.
Lo próximo que noté, después de ese barullo emocional, fue el sonido insistente del timbre de mi casa.  No quería moverme de ahí, sentía que si lo hacía nunca más volvería a ser capaz de sentir esa emoción que me recorría las piernas hasta llegar a la mitad exacta de mi ser.  Pero la insistencia, me sacó de mis ensueños y me moví.  Cuando llegue a la puerta, había una sola persona, un niño para decirlo con exactitud.  Un pequeño niño que yo no había visto antes que sostenía una pequeña nota escrita talvez en la hoja arrancada de una agenda de trabajo.
Con una letra clara y masculina pude leer “hoy en la noche, espérame” y supe en ese preciso instante que era escrita por ti.  Me asuste por un segundo, por todas esas palabrerías que se escuchan de pared a pared en un edificio tan grande como ese, pero no me importó.  No me importó haber escuchado que había alguien que mataba jóvenes solitarias en sus departamentos, no me importó pensar que talvez, en la noche, yo sería una de ellas.  El solo hecho de imaginarte entre mis piernas, desarreglando mi cama en esa noche de pasión que estaba segura ibas a darme, valía la pena cualquier muerte por dolorosa que fuera.
Deseche mis pensamientos y me dije “que tonta”, podría también ser una broma.  Como podría estar segura de que la nota la habías escrito tú, si ni siquiera sabía tu nombre? Me reí ante la ironía, tiré la nota a la basura y me dispuse a seguir mi día.  Ese día, en particular paso más rápido de lo acostumbrado, talvez la expectación o incluso el leve tinte de miedo que me invadía, había hecho que las horas pasaran más pronto que de costumbre.  Cuando cayó el sol, y las sombras invadieron mi noche, mi cuerpo bullía de expectación.  Una parte de mí, esa parte instintiva y bestial que anhelaba hincar mis dientes en tu piel y enredar mis piernas en tu cintura, esperaba impaciente tu llegada.  Y por momentos, parecía llevarle la delantera a esa parte, aunque pequeña, que me decía que no debería ni siquiera abrir la puerta.  No sé si el pensar en ese profundo placer que sentiría tan pronto, hizo que me durmiera, pero así fue. 
En alguna hora de la noche, cuando el viento se siente más helado y todo está más silencioso, escuche un ruido lejano y quedo, que incluso me pareció que lo había imaginado.  Después de ello, pasos que se dirigían directo a mi habitación, seguidos del característico sonido de un zipper que baja y ropa que va cayendo en un piso de madera.  Me incorporé en mi cama y esperé, esperé mucho.  El miedo y la prevención me habían abandonado, solo pensaba en como tu cuerpo iba poco a poco desnudándose hasta llegar a mi puerta.  Mientras cerraba mis ojos imaginando eso, escuche el sonido de la cerradura abriéndose y dejando pasar un poco de viento frío que provenía del salón.
Con la respiración aun expectante y con un leve tinte de temor, vi hacia arriba.  Ahí estabas, parado frente a mí cama, completamente desnudo, con esa piel brillante a la que había yo durante tanto tiempo anhelado besar y acariciar.  Ese pequeño tatuaje de un símbolo desconocido a la altura de tu brazo me parecía algo nuevo.  Había algo en ti, que sentía yo, ya había visto antes.  Te acercaste y antes de meterte en mi cama, susurraste en mi oído un leve “te encontré” que sonó mas a súplica que a afirmación. 
Mientras me hacías el amor, más salvaje que me han hecho en mi vida, algo en mi mente se quebró y poco a poco empecé a recordar.  Recordé esos veranos en el campo, en los que mis padres me enviaban lejos para pasar sus vacaciones solos.  Recordé a ese joven, alto, fuerte y de ojos hermosos al que le entregue mi cuerpo por primera vez.  Recordé esas tardes de pasión, en ese granero olvidado en medio de un campo de labranza.  Recordé las veces que me escapé por la ventana de mi habitación, con la sola idea de verte. 
Recordé tus sueños de triunfo, tus deseos de superación.  Incluso recordé la última vez que nos vimos y la promesa de buscarnos cuando ya fuéramos adultos.  Todo eso que estaba guardado en lo más profundo de mi mente, parecía que con cada embestida que tu cuerpo daba dentro del mío se resquebrajaba más.  En ese momento olvidé a esa persona que me hirió, olvidé los años de encierro, lo olvidé todo.  Nada fuera de tu cuerpo y de esos gemidos que salían de mi boca sin siquiera controlarlos yo, estaba presente en esa habitación.
Desperté con una leve sensación de dolor entre mis piernas, con el cuerpo entumecido por tanto placer.  No sé exactamente qué horas serían, solo sé que el sol entraba a raudales por mi ventana abierta.  En la cómoda a la par de mi cama, había una nota pequeña.  La desdoble y sonreí.   Supe entonces que nuestra historia de amor acababa de empezar de nuevo, y que en ahora sería para siempre. 
Y así, me quedé de nuevo esperando por ti hasta bien entrada la noche. Y lo que empezó hace años en un granero lleno de polvo y telarañas, terminará aquí, en esta vieja y enorme casa, en donde sólo las estrellas serán testigos del placer bestial que ambos nos haremos sentir en nuestra entrega.  Ese día, las ventanas de mi habitación se quedaron abiertas, no sé, en prevención de que talvez pudieras perder las llaves…

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