Me desperté
de madrugada como lo había estado haciendo desde que te fuiste. Con el cuerpo sudoroso y una sensación de
letargo que por unos instantes no me dejaba recordar donde estaba. Torpe, húmeda y excitada, como lo hacía
cuando tú me despertabas a esa misma hora para poseerme de nuevo. Eras tan insaciable, tan salvaje y tan viril
como nadie, me hacías vibrar tanto y tan fuerte que parecía que querías quebrar
mis inhibiciones, mis más salvajes fantasías.
Y
cuando pensaba que voltearía y ahí estarías, recordaba que hacía más de un año
que habías muerto. Y lloraba, lloraba
tanto. No es que hubieras sido el mejor
de los hombres, el más amable o el más generoso. No es que hubieras sido atractivo ni
interesante. Digo, no habías estudiado
nada y trabajabas en lo que podías. No
eras como esos hombres que llevaría a casa el fin de semana ni mucho menos el
que presentaría en mi grupo. Para mis
amistades yo era la eterna soltera en busca de una nueva utopía diaria.
Y en
ese día en especial, mi mente me llevó al día en que te conocí. Una pared de mi pequeño departamento del
centro de la ciudad se había desplomado súbitamente arruinando mi mejor sillón
comprado en rebaja. Y llegaste tú. Así como suelen ocurrir esas cosas en las
viejas películas o novelas, un amigo de un amigo te recomendó, te llame y ahí
estabas. Con un viejo mono de trabajo
manchado de trabajos anteriores pero increíblemente limpio. Me viste y solo dijiste “vengo por la
pared”. Por un instante no sé si fue el
olor de tu piel o el color tan común de tus ojos lo que me dejo sin habla, pero
no pude responderte ni notar la ironía en tu comentario.
Solo
supe en ese instante, al verte, que jamás había deseado a nadie como en ese
instante lo hacía contigo. Me sentía
febril, femenina y más deseosa que nunca, la lujuria empapaba mis pantalones
vaqueros. Me olvide de la pared, de mi
viejo sillón, del enorme agujero que se miraba entre mi sala y la cocina. Me olvidé de que más tarde ese día tenía una
cita con mi supuesto novio de turno. Me
olvide del teléfono que sonaba al fondo, de la tetera sonando en la
estufa. Me olvide de todo.
Y
parecía que tú lo habías notado. La
forma como me mirabas, como me recorrías el cuerpo sin tocarme, en cómo me
sonreías y en tu rostro se notaba que te preguntabas si iba a dejarte
entrar. Recuerdo solo haberme corrido de
la puerta y sin hablar, solo con la mirada te indique donde estaba la avería. Y después de eso, ya no recuerdo más.
Desperté
desnuda en mi cama, con mi bonito edredón de flores arrugado y tirado en el
piso de mi habitación. Por un instante
no supe lo que había ocurrido, solo sabía que me sentía increíble. Tenía una sensación de haber llegado a las
nubes, incluso parecía que aún estaba allí.
El cuerpo, entumecido no me respondió por un instante, fue solo al ver
las marcas de dientes como perlas en mis senos y los moretones purpuras por
momentos azules de acuerdo a la luz que tenía en mis brazos. Sin saber que habían pasado tres días desde
el momento en que te apareciste en mi puerta.
Poco
a poco fui recobrando la razón, fui recordando.
Te vi mirando fijamente la pared tirada, diciéndome brevemente que me
costaría caro arreglarla porque se había caído una viga de soporte, o algo así. Me vi a mi misma asintiendo a todo lo que me decías,
diciendo con suficiencia que el dinero no importaba y comentando que tendría
que quedarse solo trabajando porque yo tenía una cita. Después de eso todo fue una enorme
nebulosa. Momentos en los que me veía
avanzando hacia ti desnudándome mientras caminaba. Me veía tirando cada una de mis prendas
mientras tú me mirabas con expectación, con la seguridad de que algo increíble ocurriría. Me vi abalanzándome hacia ti como naufrago
buscando un trozo de madera del bote hundido.
Y tú no dijiste ni una palabra, no era necesario. Todo en ti rezumaba a sexo, a una virilidad
desconocida para mí y que en ese instante supe que había estado buscando.
Me
olvidé de mi cita, obvie el sonido insistente del teléfono y del timbre más
tarde. Se me olvido que iba a ir a casa
de mi madre a comer, que ese fin de semana me iría a la casa de campo de unos
amigos. Lo único que embebía mi mente en
ese instante era ver tu cuerpo desnudo, temblando y anhelante con un podo de
duda de por medio. Ver tu erección, que
parecía que me mirara y esperara que yo la cubriera con mi cuerpo.
Diablos. En este instante esos recuerdos no son lo
mejor que me puede ocurrir. Porque mi
cuerpo aún te anhela, aún no logra olvidar todo lo que durante esos tres días
me hiciste sentir. No sé cómo llegamos a
la cama, la verdad no lo sé. Es algo que
aunque he pasado un año completo tratando de recordar, pareciera que se metió
en lo más profundo de mi mente y se niega a salir. Talvez si recordara ese momento en que los
dos sabiendo que iba a ocurrir algo grandioso, en que nuestros cuerpos se iban
a fundir en un abrazo de fuego y fluidos, de besos y jadeos, podría volver a mi
vida normal.
Pero
no puedo. Simplemente ese momento de mi
vida se fue contigo. Fueron solo tres
días los que estuviste conmigo, tres días en los que me olvidé que tenía citas,
clientes que atender y una oficina que no se abriría sin mí. Ni siquiera te pregunté tu nombre, nunca supe
dónde vivías. Ahora que lo pienso podría
mi racionalidad gritar que corrí peligro, que no sabía quién eras, si podías
tener alguna enfermedad venérea o bien ser un psicópata asesino de mujeres
solteras que viven en el centro de la ciudad. No lo sé, creo que en ese momento
todas esas posibilidades pensé que le darían sentido a mi vida. Que más daba
ser una estadística más si podía recorrer ese cuerpo que se me estaba metiendo
tan fuertemente en mis instintos.
Ya
son las seis. Como casi todos los días
desde que te fuiste ya he pasado como dos horas recordando esos momentos. Hay días en los que recuerdo otras cosas,
otros matices de esos tres días que habían quedado olvidados. Agradecí en ese momento ser una persona
solitaria y sin más familia que mi madre, porque de lo contrario creo que más
de alguien hubiera tirado la puerta de mi departamento en mi búsqueda. Increíblemente en esos tres días nadie me
buscó, todos acostumbrados a mis momentos de aislamiento creo que asumieron que
era uno de esos lapsos.
Tardo
media hora siempre en recuperarme.
Pareciera que en lugar de recuerdos fuera tu espíritu excitado el que
viene a buscarme y me posee lenta y violentamente en mis sueños. Aun a veces al bañarme encuentro marcas de
dientes y moretones que no sé de dónde provienen. Para mí son como heridas de guerra, viejas
perlas de ostras que yo misma coseche.
Te
extraño tanto a veces. Y muchas otras más
te necesito demasiado.
Creo
que me fui contigo cuando supe que ya no vivías entre nosotros. Solo sé que saliste de mi casa buscando un
cigarrillo y en tu camino hacia la tienda más cercana alguien te mató ante la
vista de todos. ¿Por qué? No lo sé. Talvez Dios se cansó de verme tan feliz,
talvez me castigó por no darle sentido a mi vida. Por no ir a la iglesia ni a mi edad haberme
llenado de niños y atender a un esposo.
Talvez alguna deidad lejana envidió mi felicidad y mi satisfacción,
envidió mis múltiples orgasmos y la forma en que recorrías mi cuerpo dejando
una larga hilera de besos. No lo sé.
Después
de que moriste me negué a ver los periódicos.
No encendí la televisión por casi dos meses, no hablé con nadie. Simplemente no quería saber quién eras, donde
vivías, si tenías familia o amigos. No
quería hacerme una idea de ti que al cabo de un tiempo extrañaría. No quería reconocer que habías pasado los
últimos días de tu vida haciéndome el amor sin parar para comer o beber
nada. No quería pensar en mi como la última
persona que se robó tus horas, que se bebió tu sudor y se sació de tus
besos.
No
quería reconocerlo, pero en un instante pensé que por fin había encontrado al
hombre que había estado buscando, y que en otro instante, talvez mas corto que
el anterior ese hombre se había desvanecido.
Parecía que nunca habías existido, que habías estado solo en mi
imaginación lujuriosa. Pero no podía
olvidarte, no podía dejarte ir. Creo que
es por eso que mi mente aún te llama, que por las madrugadas o por las noches
cuando está el tiempo más oscuro tu regresas, te materializas y me penetras de
nuevo, como acostumbrabas hacerlo. No sé
porque esa familiaridad que siento con mis orgasmos en soledad me llevan a tu
recuerdo.
Solo
puedo decir que después de ti, no puedo pensar en buscar a alguien más. No
puedo pensar en compartir mi cuerpo y mi cama con otro que no sepa amarme y
excitarme como tú. Y a un año de tu
partida, he decidido irte a buscar. No
puedo soportar la vida sin tu cuerpo, sin tus besos, sin esas explosiones de
pasión que tuvimos juntos. Creo que mi
alma se fue contigo y ahora se niega a regresar.
Me
levanto, ordeno ligeramente mi casa, dejo las cartas que escribí en un lugar
visible que sé que mi madre encontrara.
No me despido de nadie, no tengo de quien de todas maneras.
Renuncié a mi trabajo hace una semana y no
tengo tantos amigos cercanos que puedan extrañarme. Mi servicio esta pagado y mis cuentas en
orden. Todo está en orden. Eso es lo que me digo mientras me doy a mí
misma valor, valor para enfrentar el camino que estoy por iniciar.
En
ese instante suena el timbre de mi departamento. Mi cuerpo se despierta y hay una leve
sensación de anhelo flotando a mí alrededor.
No espero a nadie, pienso. Suena una segunda vez. Por un momento no me decido a levantarme e ir
a ver quién llama a mi puerta, pero algo me hace levantarme, caminar y abrir la
puerta. Y ahí estas tú, como esa
vez. Con tu mismo mono de trabajo
manchado de trabajos anteriores pero curiosamente más limpio que en esa
ocasión. Algo en tu expresión ha
cambiado, no sé qué es, pero te da un aire casi angelical. Y yo abro mis brazos para recibirte, con
lágrimas en los ojos, mientras mi cuerpo despierta y se excita solo con verte,
solo con saber que pasaremos la eternidad amándonos como esos simples tres días
del pasado. Y mientras me desnudo
lentamente una vez más, tú entras y cierras la puerta.
Lo
último que recuerdo fue verte sobre mí haciéndome el amor como esa vez. Después
de eso todo es una nebulosa de nuevo, con la única diferencia de que no volveré
a despertar en la madrugada anhelándote, deseándote. Ahora soy una contigo y no volveré. Nunca más volveré.

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